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Verntallat y la Primera Guerra Remensa

Verntallat y la Primera Guerra Remensa       Las guerras remensas fueron una guerra política y de derecho. Por un lado se quería acabar con los problemas que tenían los reyes de Aragón en Cataluña y, por otra parte, acabar con una lacra feudal con los llamados siervos de la gleba. El gran protagonista fue Francesc de Verntallat. El cabildo remensa consiguió liberar a los payeses catalanes de la lacra que significaba no ser propietarios de las tierras y estar sometidos a los designios de un señor feudal. La Sentencia Arbitral de Guadalupe significó uno de los acuerdos más importantes que se firmaron en el siglo XV. Fue una victoria para Verntallat, pero también lo fue para Fernando el Católico. El conflicto remensa, si bien terminó en 1486 se había iniciado muchos siglos antes. Era un mal que fragmentaba la sociedad catalana y minaba la moral de los payeses. No fue hasta que Verntallat se puso al frente de los mal llamados siervos de la gleba cuando las cosas cambiaron. ¿Cuál es el origen de los remensas?   Lo podemos situar en el año 1.000. Los payeses que se establecieron en estas tierras, después de la entrada de los francos, eran hombres libres y propietarios. Las masías eran pequeñas y las producciones de autoconsumo. Estaban protegidos por el Conde y su tribunal de justicia.   Esta calma finalizó en el año 1.030. Teniendo en cuenta la debilidad política del Conde de Barcelona los nobles -que eran los que gobernaban grandes extensiones del país en su nombre- pidieron ser independientes y actuaron en provecho propio. Tomaron posesión de los bienes del Conde, gobernaron sus dominios con despotismo e independencia, y establecieron su propia justicia. Así fue como pasaron de funcionarios a señores jurisdiccionales independientes. Esto supuso que crearan su propia policía, la cual hacían cumplir las órdenes y hacían respetar los bandos.   Hacia el 1060 el Conde de Barcelona y su esposa Almodis decidieron recuperar el poder perdido. Compraron castillos e introdujeron a los grandes señores exentos del derecho señorial en su Corte por medio de pactos. Como consecuencia de estos pactos alguien acabó perdiendo: los payeses. Estos, que no podían resistir la avalancha de impuestos y de cargas, decidieron ceder sus propiedades y dirigirse a un señor feudal en busca de una eventual protección. Con aquello dejaban de ser libres, perdían la propiedad de la tierra y sus vidas y la de sus familias dependían del favor de su señor.   Desde aquí a la adscripción al dominio del trabajo y la redención del campesino y de la familia si querían abandonar la masía hubo una lenta y progresiva evolución. Durante esta época se implantaron los llamados malos usos. ¿En qué consistían? Era el derecho que tenían los señores feudales a maltratar a sus súbditos o siervos. En los Usatges de Barcelona, empezados a recopilar en el siglo XII, se recogen seis malos usos: intestia, exorchia, cugucia, arsia, firma de spolii, y remensa.   La intestia era que si una payes moría sin hacer testamento el señor podía quedarse con buena parte de su patrimonio.   La exorchia consistía en que si un payes moría sin descendencia el señor se quedaba con buena parte de su patrimonio.   La cugucia estaba asignada a la mujer. Si esta le era infiel a su marido, si que este se enterara, el señor se quedaba con los bienes de la mujer. Si era el marido el que incitaba a la mujer al adulterio el señor se quedaba con la dote de esta.   En el arsia el payes, responsable de la tierra, tenía que compensar al señor si en ella se producía un incendio o una catástrofe natural. La firma de spolii era el pago por los derechos de boda que pagaba el padre de la mujer. La remensa era el pago que se tenía que hacer al señor para abandonar la masía.   En el año 1.200 se firmó la Constitución de Paz y de Tregua. Con ella se daba libertad a los señores feudales a maltratar a sus siervos. Tenían carta blanca para hacer todo lo que les viniera en gana. La Constitución de Cervera, del año 1.202, aún era más cruel con los siervos. Es la primera vez que se estipulaba el derecho a maltratar. Esa constitución permitía a los señores a encarcelar a sus siervos y tomar posesión de sus posesiones sin justificación, dejando al payes en la más absoluta pobreza.   Durante los siglos XIII y XIV se siguieron dictando disposiciones contra los llamados siervos de gleba. Estas estaban firmadas por la Corte. A esto hay que añadir otra calamidad. Una epidemia de peste mermó el campo catalán. Muchos fueron los payeses que fallecieron. Esto repercutió en el campo. Masías enteras quedaron deshabitadas por la muerte de sus ocupantes o porque estos huyeron para no contagiarse por la peste. A este hecho se lo conoce como masías desiertas.   Esto fue terrible para el campo. Los que aún quedaron en sus masías fueron aún más explotados por los señores. Los pocos payeses que quedaban tuvieron que duplicar su trabajo y empezar a conrear aquellos campos que habían quedado abandonados. Esta fue una oportunidad de oro para los señores para endurecer su política de malos usos y ultrajar aún más a sus siervos. Estos, subyugados a este sometimiento, empezaron a pensar en rebelarse.   Los primeros años del siglo XV no fueron mejores para los remensas. Por eso los payeses decidieron contraatacar. Empezaron a quemar las cosechas, se erigían cruces y se descuidaban los campos. Era la única manera que tenían para rebelarse y hacerse oír. Los señores feudales hicieron oídos sordos a aquellos actos de sublevación. Tenían la ley y el poder a su favor. Creían que todo aquello era un gesto de rebeldía que podían acallar endureciendo los malos usos. Estaban equivocados.   En el conflicto había dos pensamientos. Los señores no querían perder sus privilegios ni reducir sus ingresos. Los payeses exigían ser propietarios de las tierras que trabajaban y ser reconocidos. O dicho de otra manera, reclamaban ser tratados con dignidad.   No es hasta el año 1455 cuando el rey Alfonso el Magnánimo abolió provisionalmente los malos usos. ¿Fue una victoria para los remensas? Definitivamente no. Los señores feudales se mantuvieron en sus trece e hicieron oídos sordos a la sentencia del rey. Al ver los remensas que los señores nunca accederían a sus peticiones, y creyendo que estaban en posesión de la razón, decidieron agruparse. Eran muchos más que los señores feudales. Tenían el poder humano, aunque no tenían el poder legislativo. Es en ese momento cuando empezó a fraguarse la idea de levantarse en armas contra sus señores.   Todavía quedaban años para que pudieran cumplir su objetivo. No tenían prisa. Llevaban muchos años subyugado a los señores feudales. Antes de emprender una guerra se tenían que organizar. Por eso empezaron a reunirse. Esto era peligroso, pues de ser descubiertos, podían ser castigados. Todo esto ya no les importaba. Una vez organizados necesitaban un líder. Este fue Francesc de Verntallat.   ¿Dónde se concentraban los remensas? Estos están en lo que se conoce como la Vieja Cataluña. Esta se extendía desde el río Llobregat a los Pirineos y de ahí al mar. También había pequeños reductos remansas en el Penedés, Manresa y Berga.   El historiador catalán Jaume Vicens Vives hizo un censo sobre la distribución de los remensas a lo largo y ancho de la Vieja Cataluña. La distribución era la siguiente: en el llano de Gerona, 4.108 hogares; en Besalú, 1.267; en Olot, 560; en Vic, 982; en el Maresme, 645; en los dos Valles, 540; en el Llobregat y Penedes, 597; en Manresa, 171; en La Segarra, 45; en Odena, 5; y en Berga, 61.   Un hogar o focs en catalán equivalía a 5 personas. Es decir, en casa masía habitaba este número de habitantes. Es un promedio y no puede establecerse como un dato exacto, pues podía variar según la familia. Es, por así decirlo. Sin embargo esto nos permite saber el número de remensas que habitaban Cataluña antes de la primera guerra.   Si sumamos los hogares y lo reconvertimos por el número de equivalencia, obtenemos que había 44.905 remansas. Cataluña tenía unos 300.000 habitantes. Esto significa que el 15% de la población era remensa. Lo cual es significativo teniendo en cuenta que Tarragona y Lérida no entran en el censo de Vicens Vives.   ¿Por qué decidieron apoyar a la reina Juana Enríquez? Ella necesitaba fuerzas para mantenerse como lugarteniente de Cataluña. Por su parte los remensas creían que, si la apoyaban, conseguirían sus propósitos. Esto es, que se abolieran los malos usos. Un conflicto de intereses se yuxtapuso en ese momento. De ganar la guerra todo sería favorable. De perder la guerra pues bien, pero no estarían.   Francesc de Verntallat decidió entrevistarse con la reina Juan Enríquez. Al empezar el primer sitio de Gerona la reina comunicó que había encargado a Verntallat la dirección de los remensas y de los ejércitos reales.   Dar apoyo a los remensas era peligroso. Contra ellos estaba la alta y mediana nobleza y la iglesia. Por eso el rey Juan II supo nadar y guardar la ropa. A los remensas les decía que escucharía sus peticiones y que aboliría los malos usos, mientras que a los nobles y a la iglesia les prometía que todo quedaría igual. Juan II con esta decisión se metió en un lio.   En el mes de diciembre de 1462 Verntallat dominaba los Pirineos, el Montseny, el alto Ter, el Ampurdan y La Selva. Estaban limitados por la línea formada por Besalú, Bañolas, Santa Coloma de Farnes y Hostalric. De ahí hacia abajo mandaban las tropas de la Diputación del General.   Durante años las fuerzas de Verntallat dominaron la situación y parecía que la guerra se decantaba a favor del rey Juan II. Hubo un cambio el 25 de mayo de 1469. Ese día el conde de Pallars conquistó Gerona. Poco después cayeron Besalú, Olot y Camprodón. El conde deseaba estrangular a las remensas reduciéndoles el campo de actuación. Algunos remensas, viéndose perdidos, decidieron rendirse. Todos pensaban que Verntallat daría su brazo a torcer y la guerra contra el rey Juan II caería de su lado. Antes estos ataques la desmoralización de la Diputación del General fue evidente. Luchaban contra el rey y sabían que, de perder, las represalias podían ser muy duras. Por eso decidieron llegar a un acuerdo y dar por terminado el conflicto. Mal que les pesara aceptarían a la lugarteniente Joana Enríquez y permitirían el libre acceso del rey Juan II en Cataluña. Gracias ese triunfo el rey Juan II pudo establecer en Cataluña la monarquía. Fue una gran victoria política, pero no social. A pesar de todo Juan II fue incapaz de dirigir el resurgimiento de Cataluña y tampoco hizo nada por los remensas.   Antes estos ataques la desmoralización de la Diputación del General fue evidente. Luchaban contra el rey y sabían que, de perder, las represalias podían ser muy duras. Por eso decidieron llegar a un acuerdo y dar por terminado el conflicto. Se puede decir que acabó en tablas. Mal que les pesara aceptarían a la lugarteniente Joana Enríquez y permitirían el libre acceso del rey Juan II en Cataluña. Terminado el conflicto quedaban los remensas. ¿Qué pasó? Juan II le entregó, simbólicamente, a Verntallat la ciudad de Olot. Era la recompensa por su lealtad. También lo ennobleció con el título de vizcondes de Hostoles.   Gracias ese triunfo el rey Juan II pudo establecer en Cataluña la monarquía. Fue una gran victoria política, pero no social. No cambio nada. Los miembros de la Diputación del General siguieron en sus cargos. A pesar de que eran incapaces de reorganizar la administración continuaron en sus puestos. El rey Juan II fue incapaz de dirigir el resurgimiento de Cataluña. Tampoco hizo nada por los remensas. No asumió sus responsabilidades. Las tierras volvieron a los señores. El rey tenía las manos atadas a los filoremensas. Estos tenían grandes problemas económicos, pues durante la guerra no ingresaron ninguna contribución. Por eso le pidieron al rey volver a cobrar los censos. El rey fue débil. Por una parte quería defender a los remensas y por otra no ponerse en su contra a los señores feudales. En definitiva, todo quedó igual.   Francesc de Verntallat nació en Sant Privat d’en Bas en 1426 o 1428. Era descendiente de los Puigpardines. Su abuelo, Antoni de Puigpardines, era conocido popularmente como Verntallat, pues este era el nombre de la masía que tenían en Sant Privat. Sus padres se llamaban Francesc i Violant. El matrimonio, a parte de nuestro protagonista, tuvo a Llorenç y Joana. Del primer matrimonio del padre, con Francesca Sunyar, nació Blanca. Fuera del matrimonio el padre tuvo a Antoni.   La familia Verntallat formaba parte del Brazo Real de Caballeros, generosos y hombres de paraje del Principado de Cataluña. Es decir, eran hidalgos. A pesar de su condición remensa, formaban parte de la pequeña nobleza campesina catalana. A parte del Mas Verntallat tenían propiedades en Sant Privat, Sant Feliu de Pallerols y en el Vall d’Hostoles.   El 26 de febrero de 1446 se casó con Joana Noguer. Esta familia estaban al mismo nivel social que los Verntallat, pues eran propietarios del Mas Noguer de Batet. Para poderse casar tuvieron que pedir la anulación matrimonial, pues Joana se había casado con Joan Portell, del Mas El Portell de la parroquia de La Cot, en la baronía de Santa Pau. Al poco tiempo lo abandonó y regresó al Mas NOguer. La familia Noguer tenía posesiones en Batet y en Sant Martí de Santa Pau. Al casarse a Joana le asignaron 65 libras barcelonesas de la legítima y a Verntallat 33.   Una vez casados fueron a vivir al Mas Noguer. Allí comenzó a organizar a los remensas y consiguió que todos confiaran en él. Como ya hemos visto fue clave en la primera guerra remensa. En la segunda no quiso participar. El motivo es claro. Creía que una lucha armada no servía para nada. Si querían recuperar sus derechos tenían que dialogar. Y puso todo su empeño en hacerlo una vez finalizada este segundo levantamiento remensa. Su condición social le permitía moverse con libertad y tenía la confianza del rey Fernando el Católico. Esto fue fundamental posteriormente.   Volvemos a repetir que Verntallat era un hombre de paz y prefería parlamentar antes de luchar. Que tenía la confianza del rey Fernando el Católico y que participó en todas las grandes decisiones que se plantearon una vez finalizada la segunda guerra remensa.   Pues bien, Verntallat fue uno de los promotores que el 21 de abril de 1486 se firmara la sentencia Arbitral de Guadalupe. Tardaron veinte años los remensas en conseguir que fueran reconocidos sus derechos. Como escribió el historiador Antoni Rovira i Virgili: “La redención de los remenses es uno de los hechos más trascendentales de la historia de Cataluña, que influyó en su prosperidad posterior. Cataluña fue el único país de la Península que tuvo una clase rural con arraigo en la gleba, un campesinado rico, libre y culto”.   Por delante quedaba poner en práctica la Sentencia Arbitral de Guadalupe. El rey Fernando el Católico, al saber el peso que tenía Verntallat dentro de los remensas, le ordenó que se quedara en la Corte. Sin su influencia se conseguiría avanzar. A pesar de los problemas y las dudas la Sentencia se aplicó. Fueron tiempos difíciles para los enviados del rey y para los payeses. Hubo muchas conversaciones y se avanzó lentamente. Sin embargo, a comienzos de 1500 podemos afirmar que la Sentencia había sido aceptada por todos los payeses catalanes y, después de 500 años, el campo estaba en paz. En reconocimiento a su labor el rey le cedió a Verntallat tres casas en la calle Regomir de Barcelona.   Verntallat estuvo en la Corte un tiempo indeterminado. No hay constatación del año que salió de ella, pero esta debió producirse sobre el 1495. Se cree que conoció a Cristóbal Colón a su regreso del Nuevo Mundo. Tampoco conocemos su misión en la Corte de los Reyes Católicos. Francesc de Verntallat regresó a Sant Feliu de Pallerols. Ahí era propietario de un castillo, hoy desaparecido, en el Portal de Llevant. En Sant Feliu pasó los últimos años y allí murió en el año 1499. Fue enterrado en el cementerio viejo y legó a sus hijos, Miquel-Grau y Leonor, las tres casas de la calle Regomir de Barcelona, las posesiones en Sant Feliu, el Mas Serradell y parte del Mas Noguer.  

La Guerra de Sucesión Española en Cataluña. Pacto de Génova (Segunda Parte)

La Guerra de Sucesión Española en Cataluña

Pacto de Génova

(Segunda Parte)

  Por Pablo Fernández Lanau – 1 de junio, 2023   La llegada de Jorge de Hesse-Darmstadt a Viena a finales de la primavera de 1701 se realizó con el máximo de los secretos. Su salida de Barcelona y el largo viaje posterior hasta la capital del Sacro Imperio Romano Germánico se había realizado con prudente sigilo y total confidencialidad; tratando de no dar información alguna sobre su verdadero paradero durante todo ese tiempo y menos aún de sus intenciones o posteriores actividades[1]. El emperador Leopoldo I todavía esperaba mucho de los servicios que el Príncipe podía ofrecer a su causa en la guerra que estaba a punto de comenzar. El conflicto, de hecho, ya había empezado y sin la declaración de guerra preceptiva. Luis XIV y Leopoldo I habían lanzado en tromba a una parte de sus ejércitos sobre el norte de Italia a comienzos de la primavera de ese año: el uno[2] para reforzar a las fuerzas españolas en la defensa del Milanesado y de su colindante Mantua, ocupando con sus tropas a su paso Saboya y tratando de asegurar así tanto la alianza como la colaboración del duque Víctor Amadeo II; y el otro[3], tratando de conseguir posiciones ventajosas en las proximidades del Milanesado y territorios colindantes, para apoderarse de ellos en cuanto tuviera ocasión, mientras ejercía presión sobre la República de Venecia para forzar una neutralidad a su favor y bloquear de paso el acceso de los ejércitos franceses hacia Austria por esas regiones geográficas del norte de la península itálica. Durante los meses del verano de 1701 y posteriores, sobre el príncipe Jorge de Hesse recayó la responsabilidad de conseguir que las cancillerías de las potencias marítimas[4] se uniesen a Austria y al Imperio en contra de Francia y de la Casa de Borbón; dejando atrás los ya obsoletos Tratados de Partición que habían establecido ambas con Luis XIV en los años previos al fallecimiento de Carlos II, incorporándose ahora a una nueva alianza anti borbónica. Para ello el Príncipe de Darmstadt se desplazó a Londres y a La Haya como enviado plenipotenciario y agente especial del Emperador para conseguir dichos objetivos. El conocimiento que de las altas instancias inglesas y neerlandesas poseía el Príncipe, sus excelentes relaciones con la nobleza y con las autoridades de dichas naciones, entre las que estaban incluidas los miembros de la realeza británica, así como su capacidad para persuadir a sus interlocutores de la imperiosa necesidad de establecer sinergias colaborativas entre ellos y Leopoldo I, para hacer causa común ante los peligros compartidos y los objetivos que les unían en defensa de sus intereses frente al poder borbónico, en especial, ante la exorbitante ambición de Luis XIV, tuvieron una gran influencia en el alineamiento de Gran Bretaña y de los Estados Generales de las Provincias Unidas de los Países Bajos con Austria, plasmado en septiembre de 1701 en el Tratado de la Gran Alianza de La Haya. Como enviado especial imperial en Londres y en La Haya, el Príncipe llegó incluso a participar in situ en la expedición aliada sobre las costas de Cádiz en el verano de 1702, para la que el rey Guillermo III le había encomendado el mando, antes de perecer el monarca en un accidente montando a caballo[5]. Fallecido el rey inglés y una vez entronizada la reina Ana, se cambió de parecer y el príncipe de Darmstadt sólo participó en la expedición como uno de los generales de la fuerza aliada y máximo representante imperial en la misma, con el almirante Rooke como jefe de la flota y el conde de Ormond como jefe de las tropas de desembarco. Esta composición de estructura de la fuerza expedicionaria aliada evitó que recayera sobre Jorge de Hesse y sobre su acción de mando la humillación que se produjo después del fiasco obtenido como resultado de la fracasada operación militar sobre Cádiz. Sus denuncias posteriores ante las máximas autoridades británicas por el deleznable comportamiento de las tropas anglo neerlandesas, incluidos sus mandos, sobre la población autóctona y los edificios religiosos de las localidades por donde pasaron, así como los informes sobre lo ocurrido que Jorge de Hesse remitió al Emperador, pusieron en valor, más si cabe, su figura como alternativa a otro modo de hacer las cosas y dirigir los asuntos de esa guerra, especialmente en la católica España[6]. Mientras todo esto sucedía durante esos años, Jorge de Darmstadt mantuvo siempre vivo, a través de una prolífica correspondencia y con constantes misivas alentadoras, el ánimo de los miembros de su red de lealtades a la causa austracista en Cataluña[7], poniendo en valor su pronto regreso con el nuevo rey y exhortándoles a no desfallecer en sus lealtades; asegurándoles que ya estaba más cerca el momento tan deseado por todos ellos. La Gran Alianza gozaba de buena salud y no hacía más que incrementar paulatinamente el número de nuevos miembros, a lo que había que añadir las buenas perspectivas que poco a poco se iban vislumbrando desde un punto de vista estrictamente militar, con el compromiso creciente en tropas y en recursos económicos de todas las cancillerías aliadas en la causa común. Instalado entre Londres, La Haya y Viena, el príncipe de Darmstadt sirvió de hombre de confianza y enlace del emperador Leopoldo I con la reina Ana para la materialización del viaje del recién proclamado por los aliados rey de España en 1703, en la persona del archiduque Carlos de Austria; entronizado como Carlos III. Jorge de Hesse formó parte desde el principio del Consejo Privado del nuevo monarca y le acompañó personalmente en todo el periplo que le llevó desde Viena a Lisboa, vía Londres; siendo su interlocutor preferente en las muchas muestras de adhesión, consideración y exquisito trato que el archiduque/rey recibió por parte de todas las autoridades por donde transcurrió su viaje. En sus estancias en Londres, el príncipe de Hesse tampoco dejó de alimentar su relación con los políticos ingleses del momento, especialmente con los más relevantes del partido whig, que en esos momentos era el mayoritario en la Cámara de los Comunes y el más firme partidario de que Inglaterra se aplicase a fondo en la guerra contra Francia. Entre todos ellos se encontraba también, aunque en un nivel poco o nada influyente, su viejo conocido Mitford Crowe, que, después de abandonar Barcelona y de regreso a Inglaterra, se había introducido en política y había contraído matrimonio en esos años, comenzando a incrementar su familia con sus primeros vástagos. Restablecida la relación entre los dos, no iba a tardar el Príncipe en utilizar su amistad, influencia y sintonía con Crowe en aras a la consecución de sus objetivos; algunos concordantes con los del comerciante y otros no tanto, pero en cualquier caso totalmente compatibles y beneficiosos para ambos. Quizás como mera observación, sean significativas las similitudes y características coincidentes de los dos grabados que John Smith realizó en 1703 de los retratos que el prestigioso pintor y retratista escocés Thomas Murray hizo de ellos en esa misma época. Una mirada atenta y detallada de los mismos revela aspectos increíblemente sintomáticos de su cercana relación[8]. Parece poco probable que dicha concomitancia pictórica sólo sea fruto de la casualidad o del azar. La comitiva real de Carlos III tardó seis meses en realizar el trayecto entre Viena y Lisboa, llegando a la capital lusa a principios de la primavera de 1704, justo en el momento de iniciar los preparativos para la campaña militar de ese año; con la frontera hispano portuguesa y la costa mediterránea como objetivos prioritarios en el teatro de operaciones de la península ibérica. El príncipe de Hesse, nombrado en Lisboa por Carlos III, en esa misma primavera, vicario general de la Corona de Aragón[9], consiguió imponer su criterio en el Consejo de Guerra aliado que debía establecer la estrategia a seguir para el teatro de operaciones peninsular durante ese verano[10]. En él se decidió atacar la plaza de Barcelona, intentando conquistarla por sorpresa; mientras, se tantearía, tanto a la ida como a la vuelta, la posibilidad de asaltar y apoderarse de algún enclave de la costa de Málaga o, sobre todo, la posibilidad intentar el hacerse con la plaza de Gibraltar, si las circunstancias lo permitían. Al mando de la expedición aliada y como máximo representante del rey Carlos III, Jorge de Hesse preparó y activó a todos los miembros de su red de partidarios de la causa austracista en Cataluña, muy especialmente a los de Barcelona y comarcas[11] cercanas, enviando correos y misivas para coordinar las acciones de sus afines con las maniobras que con la flota y las fuerzas de desembarco iba a emprender en el asalto a la capital catalana. Varios de los afectos al Príncipe se introdujeron en Barcelona para facilitar la sorpresa, entre los que se encontraba uno de sus más incondicionales seguidores, Antonio Peguera Aymerich, un joven de familia nobiliaria totalmente entregado a la causa austracista desde antes del fallecimiento de Carlos II y que había frecuentado asiduamente los círculos sociales estamentales catalanes más partidarios de la Casa de Austria en el tema sucesorio a la Monarquía Hispánica, muy próximos al entonces virrey de Cataluña, Jorge de Hesse-Darmstadt, en el que veían un modelo a seguir. Entre el 27 y el 31 de mayo de 1704, la flota aliada se presentó frente a Barcelona y la bombardeó intensamente, con un amago de asedio y asalto por parte de las fuerzas expedicionarias que viajaban en ella bajo las órdenes del príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt; con unas tropas que desembarcaron y se desplegaron a modo de amenaza en la desembocadura del río Besós. El virrey de Cataluña levantó en armas la Coronela[12] y se preparó para la defensa de la ciudad, manteniéndose firme en su lealtad a Felipe V, a pesar de la invitación de los atacantes a que rindiera la plaza y a que jurase fidelidad a Carlos III como rey de España. Finalmente, al comprobar la respuesta negativa de los defensores, la ausencia de apoyo interno desde la ciudad y la escasez de fuerzas propias para tamaña empresa, los aliados levantaron el breve asedio y se hicieron a la mar. Destacar también que el virrey tuvo que desmontar y contrarrestar un intento de conspiración para abrir las puertas de las murallas y permitir el acceso al interior de la plaza a las tropas atacantes, puesto en marcha por partidarios del archiduque Carlos afines al príncipe de Darmstadt que se encontraban dentro de la ciudad a tal fin. Al ser descubierto a tiempo, el complot quedó totalmente desbaratado y neutralizado, no teniendo efecto alguno en cuanto a la adscripción de la ciudad a su soberano, el rey Felipe V[13]. Tras el fallido intento de apoderarse de Barcelona, la flota aliada[14] se dirigiría hacia el golfo de León, mostrándose amenazante frente a la costa mediterránea francesa; amagando con una operación de castigo sobre Tolón, la base naval francesa más importante en el Mediterráneo. También trataron de intimidar a los mandos regionales del sur de Francia con un posible desembarco en la costa meridional francesa, a la altura del Languedoc, en apoyo de los hugonotes franceses de la zona, los Camisards, levantados en armas contra Luis XIV en la región montañosa de Las Cévennes[15]. No obstante, nada de ello hicieron y cinco semanas más tarde, alentados por las informaciones que poseían de las pocas fuerzas defensivas que se encontraban protegiendo Gibraltar, el grueso de la flota anglo neerlandesa se desplazó hacia el Estrecho. La armada aliada se presentó finalmente frente a la Roca el uno de agosto, intimidando a la ciudad y exigiendo el príncipe de Darmstadt su rendición. Ante la negativa de su gobernador[16] a entregar la plaza, Gibraltar fue bombardeada intensa y violentamente durante varias horas el día 4 de agosto[17]. Al bombardeo le siguió un asalto en profundidad ante el que nada pudieron hacer las exiguas tropas defensoras de la plaza, que no llegaban a los 450 hombres en total[18]. Gibraltar capituló formalmente el 6 de agosto de 1704 y los aliados pudieron hacerse con la primera ciudad española de la península ibérica que quedaba bajo la obediencia de Carlos III, con el príncipe de Darmstadt como Gobernador de la plaza[19]. Unos días más tarde, el 24 de agosto, tendría lugar la primera y a la postre única batalla naval de envergadura y a mar abierto de toda la guerra. Una batalla que se desarrolló frente a las costas malagueñas de Vélez-Málaga y que enfrentó a las flotas de los dos bandos en conflicto, la armada anglo neerlandesa y la armada hispano francesa; ya que desde que se supo de la participación de la flota aliada en el intento de captura de Barcelona y después de su «paseo» provocador frente a las costas francesas, una vez abandonaron las aguas del golfo de León las naves aliadas, Luis XIV ordenó salir de su base de Tolón a la Flota francesa del Levante en su búsqueda, para darle alcance y enfrentarse a ella en combate. El resultado de la batalla fue muy parejo, aunque las dos partes se adjudicaron la victoria; pues ninguna de las dos pudo imponerse a la otra y ambas armadas sufrieron bastantes bajas en hombres[20]. El combate marítimo fue brutal y sólo duró hasta el anochecer de ese mismo primer día, ya que, al día siguiente, 25 de agosto, ambas flotas rehuyeron expresamente el combate, abandonando la zona el 26 de agosto y regresando a sus bases; a la cercana Gibraltar la aliada[21] y de regreso a su alejada base de Tolón la francesa. El año 1704 finalizó en el teatro de operaciones peninsular con el inicio del que sería un largo e infructuoso asedio terrestre a Gibraltar por parte del ejército hispano francés, en un intento de recuperar la plaza cuanto antes[22]; un sitio que comenzaría entre finales de septiembre y principios de octubre de ese año, alargándose hasta mayo de 1705; en un esfuerzo bélico que causó bastante desgaste y numerosas bajas a los atacantes, no obteniéndose ningún resultado positivo para los intereses borbónicos[23]. El príncipe Jorge de Darmstadt se mostró en la defensa de Gibraltar como un eficaz y competente gobernador al mando de la plaza, capaz de contener con éxito el prolongado asedio al que fue sometida y, finalmente, hacer desistir a sus atacantes en el empeño. Allí permaneció el Príncipe durante todo el bloqueo al que fue sometido, pero sin olvidar el mantener una fluida y permanente comunicación con el cuartel general aliado en Lisboa, con la reina Ana de Inglaterra y con miembros destacados de su Consejo Privado, con Leopoldo I y, a partir de mayo de 1705, con el nuevo emperador austriaco[24]. No obstante, el Príncipe prestó especial atención a continuar asistiendo epistolarmente a sus fieles partidarios que habían permanecido en Cataluña; mientras analizaba las causas del fracaso de la sorpresa que intentó sobre la ciudad en la campaña anterior, cuando intentó capturarla sin conseguirlo, con el ánimo resuelto a encontrar una solución a los problemas con que se encontró entonces y con la firme voluntad de que no volvieran a entrometerse las mismas circunstancias adversas en la consecución de sus objetivos. Finalizado el asedio borbónico a Gibraltar, el alto mando aliado, reunido en Consejo de Guerra en Portugal[25], al que asistió también Jorge de Darmstadt, decidió[26], a instancias del Príncipe, volver a intentar en ese verano de 1705 el asalto y captura de la plaza de Barcelona; empleando en esta ocasión una fuerza expedicionaria considerablemente más intimidatoria que la de 1704: con más barcos, con más hombres y con mucha más potencia de fuego. Además, en esta ocasión, iría embarcado en el navío almirante de la Flota aliada el rey Carlos III, dispuesto a tomar posesión personalmente de sus dominios y respaldar así a sus seguidores con su presencia. Era el primer paso para hacerse con el dominio de los territorios peninsulares de la Corona de Aragón, de la que no hay que olvidar que el príncipe Jorge de Darmstadt había sido nombrado el año anterior Vicario General por Carlos III. Era consciente el Príncipe de que en esta ocasión no podía fallar, al menos por la parte que a él le correspondía. Había convencido a la práctica totalidad de los miembros del Consejo de Guerra, así como a la reina de Inglaterra y al Emperador, de que, por Cataluña, y más en concreto por Barcelona, era la mejor opción para iniciar la operación de entronización de Carlos III en el solio de Madrid; toda vez que los naturales del Principado eran los más afectos a la causa austracista y los que más detestaban el dominio borbónico[27]. Por tanto, lo sucedido en mayo del año anterior no podía volver a repetirse, ya que todo su crédito estaba en juego. No tendría una nueva oportunidad de imponer de una manera tan rotunda su parecer si volvía a fracasar. De alguna manera, su futuro político dependía en gran medida del éxito de dicha operación. Fue así como, desde Gibraltar, el príncipe de Hesse pergeñó durante meses una estrategia a cuatro bandas para garantizar la viabilidad de la empresa que estaba decidido a emprender, con el único objetivo de obtener un resultado positivo en la operación de asedio y captura de la plaza de Barcelona en la siguiente campaña militar, la del verano de 1705. El pacto de Génova comenzaba a fraguarse. Continuará ……….       [1]Incluso tratando de transmitir una falsa información sobre desavenencias que el Príncipe había manifestado con la Corona Imperial en relación a su cese como virrey de Cataluña, motivadas por la supuesta responsabilidad que en ello otorgaba al propio emperador, Leopoldo I. Nada más lejos de la realidad. [2]El monarca francés. [3]El emperador austríaco. [4]Gran Bretaña y los Estados Generales de las Provincias Unidas de los Países Bajos. [5]Tanto por su valía y excelente relación con el monarca, como por su condición de católico. [6]El príncipe de Darmstadt aprovechó el tiempo de su estancia en el sur de España, en ese 1702, para entrar en contacto con el entorno de la cancillería portuguesa y del austracismo hispánico afincado provisionalmente en Lisboa, para influir y ayudar a la consecución del cambio de bando en la alianza de Portugal, hecho que se produjo al año siguiente, al incorporarse Portugal a la Gran Alianza. Jorge de Hesse era también primo hermano de la que fuera primera esposa del rey de Portugal, Pedro II, la reina María Sofía Isabel del Palatinado-Neoburgo, siendo, por tanto, era tío segundo del príncipe heredero de Portugal, el infante Juan, el futuro Juan V, que por entonces tenía tan sólo 13 años. [7]Con los que se comunicaba bidireccionalmente a través de personas de confianza interpuestas como correos, tanto desde Viena como, posteriormente, desde Londres o Lisboa. [8]Uno de ellos, como ejemplo, es que puede entenderse la coraza o armadura militar que porta en el retrato Jorge de Hesse, además del collar de la Orden del Toisón de Oro que luce, ya que el Príncipe era un militar con prolongada carrera de Armas, ¿pero la coraza de Mitford Crowe?, ¿cuál es su significado? [9]Título que no se había concedido desde 1669 y para el que fue nombrado entonces D. Juan José de Austria; hijo ilegítimo de Felipe IV y hermano de Carlos II. [10]Apoyado en ello por los almirantes ingleses, que habían recibido instrucciones al respecto de la reina Ana en Londres; contando Jorge de Hesse, además, con la complicidad del príncipe Antonio de Liechtenstein, ayo y mentor de Carlos de Austria, que también formaba parte desde el principio de su Consejo Privado. [11]Veguerías. [12]La Coronela era la milicia gremial de Barcelona, encargada de la defensa de la ciudad en caso de eminente peligro, con el privilegio militar de custodiar los portales y las murallas de la plaza. [13]Aunque estos hechos sí que dieron pie al inicio por parte del virrey de una prolongada campaña de persecución hacia los protagonistas de la fallida conspiración austracista y a sus afectos simpatizantes; con el objetivo de identificarlos, detenerlos, encarcelarlos y ponerlos a disposición judicial, acusándolos de traición hacia su legítimo soberano, el rey Felipe V. En un estado de guerra, si se producen este tipo de situaciones, los comportamientos y acciones de las personas siempre tienen graves consecuencias. [14]En la que había embarcado, mientras permaneció frente a la costa catalana, un nutrido grupo de naturales del principado de Cataluña, afectos a la causa austracista y deseosos de incorporarse a las órdenes del príncipe de Hesse. [15]El levantamiento de los Camisards había comenzado de una forma más organizada y consistente en 1702. [16]Diego de Salinas. [17]Lanzando sobre la ciudad entre 10000 y 15000 bombas. [18]De los que tan sólo entre 80 y 100 eran militares; el resto eran sólo naturales de la plaza y unos pocos miembros de la milicia local. [19]La ignominiosa historia sobre la soberanía del Peñón comenzaba así su andadura. [20]En esta batalla, Blas de Lezo y Olavarrieta, el que más adelante se convertiría en una leyenda de la Armada Española, perdió la pierna izquierda, que tuvieron que amputarle por debajo de la rodilla sobre la marcha y sin anestesia, tras el impacto de una bala de cañón en el puente de mando del navío francés Foudroyant; un enorme barco de guerra de 104 cañones y tres puentes, que era el buque insignia de la Flota francesa del Levante, comandada por el Almirante de la Flota, el conde de Toulouse (hijo ilegítimo aunque reconocido de Luis XIV). En el Foudroyant se encontraba embarcado Blas de Lezo, a sus escasos quince años, como guardiamarina. [21]De forma provisional. [22]Al mando del ejército combinado hispano francés se encontraban el marqués de Villadarias y el conde de Tessé. [23]El ejército hispano francés levantó el sitio a la plaza después de nueve meses de infructuoso asedio y con más de 10000 bajas entre sus filas. [24]Leopoldo I falleció el 5 de mayo de 1705, siendo sustituido en el solio imperial por su hijo primogénito, José I, hermano mayor de Carlos de Austria. [25]En las proximidades de Lisboa. [26]Con algunas discrepancias al respecto, aunque no mayoritarias ni determinantes. [27]En este sentido, el sentimiento anti francés de una parte importante de la población catalana era muy profundo y estaba fuertemente arraigado en las capas sociales que más habían padecido las continuas guerras provocadas por la política expansionista de Luis XIV.

La Guerra de Sucesión Española en Cataluña. Pacto de Génova (Primera Parte)

La Guerra de Sucesión Española en Cataluña

Pacto de Génova

(Primera Parte)

  Por Pablo Fernández Lanau – 30 de abril, 2023   El pacto de Génova de 1705, en sí mismo, no fue un acontecimiento de vital trascendencia en el marco global de la contienda sucesoria que estalló en el occidente del continente europeo tras la muerte de Carlos II. Lo que supuso, eso sí, fue un punto de inflexión en el transcurso de la guerra, por su influencia sobre el factor territorial en el teatro de operaciones peninsular[1], que, sin ser el principal de la guerra en su conjunto, tenía una especial relevancia desde un punto de vista estratégico, simbólico y representativo. Esta relevancia quedó reflejada en las posteriores reivindicaciones y exigencias que los partidarios del archiduque Carlos de Austria[2] esgrimieron a la finalización de la contienda, a raíz de los supuestos compromisos que el reino de Inglaterra, según ellos, había adquirido in aeternum con el principado de Cataluña en la firma de dicho acuerdo. Nunca lo sabremos realmente, pero es muy probable que sin la existencia del pacto de Génova y los acuerdos al que llegaron las partes firmantes del mismo, la ofensiva aliada en el Levante peninsular español hubiera tenido muchas dificultades para materializarse en aquel verano de 1705 por Cataluña y, menos aún, mediante una operación tan compleja como la planteada; que constaba de un desembarco naval, seguido de un asedio e intento de captura por bombardeo y asalto de una ciudad amurallada, tan fortificada y artillada como era entonces Barcelona: una plaza que contaba, además, con las capacidades defensivas adicionales que le proporcionaba la potencia de fuego del Castillo de Montjuic, una fortaleza situada en una rocosa y difícilmente accesible montaña colindante a la urbe. De todas formas, si hubiera sido otro punto de la costa mediterránea el lugar elegido por el mando aliado para el desembarco del grueso de las tropas anglo-neerlandesas e iniciar así la ofensiva en el levante peninsular en esa campaña, no hubiera cambiado en exceso la estrategia aliada en el teatro de operaciones ibérico, que contemplaba como uno de sus objetivos principales el abrir un nuevo frente[3], creando un corredor territorial afecto a su causa hacia el interior peninsular y llevar así a Carlos III desde Lisboa hasta Madrid, asentándolo en el solio de la capital de la Monarquía Hispánica y expulsando a Felipe V del mismo, objetivo principal del propio rey/archiduque y del alto mando aliado; en sintonía con las cancillerías de las principales potencias europeas que le apoyaban en su entronización como Rey de España. Como ocurre en todos los acuerdos a los que se llega, sean éstos de la índole que fueren, existen unas causas previas o motivaciones para plantear la propia existencia del pacto y/o su necesidad, unas razones para su implementación en tiempo, lugar y forma, así como unos objetivos a alcanzar y su plasmación en la literalidad del texto que finalmente contiene lo convenido. El pacto de Génova tiene en este sentido muchos aspectos a analizar si se quiere comprender el alcance real de su valor militar, político e histórico en el marco del espacio temporal en que se produjo, a tenor de las circunstancias coyunturales existentes en ese momento de la guerra, así como los antecedentes que precedieron a todo el proceso de toma de decisiones que desembocaron en su convocatoria y en su firma. El pacto de Génova tiene además varias características que lo hacen especialmente singular y sorprendente: —La primera y más trascendente es el constatar el desequilibrio manifiesto en el nivel político e institucional de representatividad de las dos partes firmantes del documento, denominado por quienes lo acordaron como tratado, pero que no era más que un compromiso, convenio, acuerdo o pacto.
  • Por una parte se encontraba Mitford Crowe, enviado de la reina Ana de Inglaterra al Levante español, con credenciales y poderes para realizar acuerdos en su nombre con quien fuese posible para apoyar a su flota y a sus fuerzas de desembarco; que en la campaña militar de ese año pretendían operar junto a sus aliados en esa parte del teatro de operaciones peninsular, con el objetivo de establecer una «cabeza de playa» en la costa levantina del Mediterráneo español. Crowe era un político whig, aspirante en 1701 a representación en la Cámara de los Comunes[4], que había desarrollado como comerciante de aguardiente su actividad mercantil en Cataluña durante varios años de la década anterior, la de 1690, especialmente en tierras de Tarragona y en Barcelona; donde tenía negocios con otros mercaderes, tanto autóctonos como foráneos. En aquellos años pasados en Cataluña, Mitford Crowe había establecido una serie de contactos y de relaciones personales con algunos miembros de la burguesía comercial catalana, así como con algunos de la magistratura y de la administración virreinal, muy especialmente con su máximo representante en la última etapa de su estancia en la Ciudad Condal, el virrey Jorge de Hesse-Darmstadt; con el que había mantenido una estrecha y cordial relación mientras desarrollaba paralelamente durante esos años tareas de cónsul honorífico e informador del gobierno inglés en la zona.
  • Por la otra parte, se encontraban Antonio Peguera y Domingo Perera, que eran dos representantes delegados de ocho propietarios del llano de Vich[5] que los habían comisionado a tal efecto. Estos ocho «vigatanos»[6] tenían como característica fundamental que ninguno de ellos estaba en posesión de representatividad institucional alguna, ni acreditada ni delegada; ni tampoco estaban comisionados para realizar cualquier tipo de acuerdo, convenio o pacto por una autoridad legítima de representación, gobierno o administración de Cataluña. Es por ello que la presencia en la firma del pacto de unos protagonistas que, como personas físicas presentes en el acto, firman el documento y lo hacen en representación de unos terceros, con las únicas credenciales correspondientes de aquellos a quienes dicen representar, no suplen con su representatividad personal, desde un punto de vista de credenciales para la posible categorización del acuerdo como un tratado, la carencia absoluta de representatividad institucional de estas personas a la hora de validar y homologar el acuerdo alcanzado; ya que existía una ausencia total por parte de Peguera y Perera de representación institucional alguna, ni siquiera a modo de reseña de las autoridades que pudieran haberlo instigado, promovido y/o avalado, que, obviamente, no figuran entre quienes firman el documento ni entre sus representados.
—La segunda característica del acuerdo, que lo inhabilita en su tratamiento institucional como un tratado, es lo que no se estipula en el texto del mismo, pero que subyace como consecuencia de su contenido. En este sentido es importante señalar que no es un tratado o pacto con una cierta permanencia en el tiempo, sino que es de una efectividad inmediata de lo acordado y con una marcada intencionalidad en la premura de su ejecución, a modo de convenio. El contenido coyuntural y de contraprestaciones mutuas materiales, personales e incluso económicas, acercan más lo acordado a una negociación de transacciones que a un tratado político de carácter oficial o institucional; por mucho que la típica y vacua utilización de expresiones grandilocuentes de carácter justificativo traten de enmascarar la verdadera naturaleza de lo que se está acordando. —En tercer y último lugar, es importante poner de manifiesto el trampantojo que, desde un punto de vista tanto político como historiográfico, se le ha querido dar en algunos ámbitos a un acuerdo como el del pacto de Génova, cuyo origen viene dado con exclusividad por la necesidad de avalar y respaldar con algún tipo de compromiso documental[7] adicional, la ayuda que esperaban los aliados que estuvieran dispuestos a prestar los partidarios catalanes de la causa austracista, según la opción planteada para la campaña militar de ese año[8] por el príncipe Jorge de Darmstadt; muy especialmente después del fiasco que supuso el intento fallido de apoderarse de la ciudad de Barcelona en la campaña del año anterior, en mayo de 1704. El Príncipe, que ejercía de Gobernador de la plaza de Gibraltar[9] y que había sido nombrado en 1704 por Carlos III Vicario General de la Corona de Aragón, supo imponer su parecer y su propuesta en el Consejo de Guerra aliado[10], celebrado en Portugal para dirimir las acciones a implementar para ese año; un plan que pasaba por volver a reeditar por parte de los aliados el esfuerzo bélico de intentar capturar la plaza de Barcelona. Así pues, como si de un guion narrativo se tratara, el pacto de Génova tiene muchos figurantes, algunos protagonistas secundarios, pocos, y, sobre todo, un protagonista principal que, aunque no esté en el momento de la firma en Génova, ni entre quienes están oficialmente representados en la capital de la Liguria o ni siquiera figure en el texto del documento, es el verdadero artífice del acuerdo. Lo que ocurre es que este protagonista principal, instigador, inductor, impulsor y avalador del pacto de Génova, el alma del acuerdo, no aparece en los créditos del mismo, manteniéndose siempre fuera de plano, en un anonimato voluntario e inducido; lo que ha hecho que la historiografía haya infravalorado su determinante participación como promotor e instigador del mismo, llegando incluso a tratar de ocultar o ignorar su trascendental papel. Veamos de quien se trata ………. A día de hoy[11], en la pequeña y angosta cripta de la iglesia evangélica parroquial de la ciudad de Darmstadt, localidad situada en el estado federado de Hesse, en Alemania, se encuentra colgada del techo una urna metálica en forma de corazón, con una inscripción grabada en una de sus caras muy interesante, a tenor de la información que contiene sobre la titularidad de los restos humanos que presumiblemente dicho recipiente contiene: el príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt (1669-1705). El landgrave Jorge de Hesse, también conocido como el príncipe Jorge de Hesse, el príncipe de Darmstadt, simplemente como Jorge de Hesse, Jorge de Darmstadt o por su nombre en lengua germánica de prinz Georg von Hessen-Darmstadt, fue un personaje histórico de extraordinaria relevancia para la comprensión de los primeros años de la Guerra de Sucesión Española y, por supuesto, para entender la razón de ser del pacto de Génova. Sin la aportación de Jorge de Hesse a la causa imperial de la Casa de Habsburgo en el conflicto sucesorio de la Monarquía Hispánica nada de lo que sucedió en aquella década trascendental, que abarca desde 1695 a 1705, habría sido posible ni sería del todo comprensible. Sin embargo, su prematura muerte en combate, en septiembre de 1705, así como el posterior desarrollo de los acontecimientos y los intereses de las partes en conflicto a la finalización de la contienda, con el resultado que se dio en la misma, sumió historiográficamente su relevante y trascendente aportación en esos años, así como su figura política y militar, en el más absoluto de los ostracismos, relegando su legado y su memoria a la más impúdica marginalidad histórica. Actualmente en Barcelona, sólo una pequeñísima y estrecha calle situada no muy lejos de la montaña en donde perdió Jorge de Hesse la vida, de apenas 100 metros de largo, recuerda vagamente en Cataluña a Jorge de Hesse: la calle Carrer Princep Jordi. Otros lugares en donde está perpetuada su memoria son: obviamente, la vetusta Urna funeraria en la cripta de la iglesia protestante de Darmstadt, con la inscripción referenciada anteriormente, así como diversas huellas testimoniales de su persona en el museo de Darmstadt, situado en el Palacio de los Landgraves, lugar en donde el príncipe Jorge de Hesse nació y vivió su infancia; así mismo, una isla del Océano Ártico lleva su nombre, la Tierra de Jorge, curiosamente, en la actualidad, bajo soberanía rusa; y también, por último, el Semi Bastión de Hesse en Gibraltar, elemento arquitectónico que formaba parte de las antiguas fortificaciones del peñón a principios del siglo XVIII, un enclave del que el Príncipe fue Gobernador entre 1704 y 1705. El primer contacto físico del Príncipe con tierra española se produjo en 1695 en Cataluña, en la primavera-verano de ese mismo año, cuando, al mando de un contingente de tropas de 3000 soldados imperiales, reforzado con 1000 bávaros a las órdenes del coronel Tattenbach, desembarcó en la costa catalana para incorporarse como refuerzo a la defensa del Principado, que en esos momentos estaba siendo intensamente atacado por el ejército francés, en el contexto de la Guerra de los Nueve años. Sin embargo, la llegada del Príncipe de Darmstadt y de las tropas bajo su mando no fue fruto de una acción repentina de solidaridad y ayuda del Emperador austriaco Leopoldo I para con su sobrino, el rey Carlos II; ante la angustiosa situación que la ofensiva francesa estaba produciendo en Cataluña. No fue exactamente así. La presencia de Jorge de Hesse-Darmstadt tenía un significado mucho mayor y era de un calado extraordinario, tanto desde un punto de vista político como desde el ámbito estrictamente militar. Además, el Príncipe de Darmstadt no era un militar más de los muchos que existían en los ejércitos imperiales, ni su misión se circunscribía a colaborar con los ejércitos del monarca español en la guerra que en esos momentos estaba librando contra los ejércitos de Luis XIV. A finales de 1694, todavía en plena guerra contra Francia, pero también con el debate sobre la cuestión sucesoria de la Monarquía Hispánica totalmente abierto, Leopoldo I quiso jugar un papel más relevante e influyente en la disputa hereditaria, tratando de reforzar la posición de la candidatura austriaca al solio de Carlos II. En aras de conseguir sus propósitos el Emperador eligió para esa misión al príncipe Jorge de Darmstadt: un noble de su máxima confianza y lealtad, emparentado directamente con su propia familia, con experiencia militar contrastada y con notables habilidades diplomáticas. Un hombre joven que, además, desbordaba energía, pasión, ambición y talento. Pero …, ¿quién era el Príncipe Jorge de Darmstadt?, ¿cuáles fueron los motivos que llevaron al Emperador a confiar en él para una misión tan delicada e importante? Y, sobre todo, ¿cuáles eran los cometidos que Leopoldo I esperaba que realizase el Príncipe en España? En primer lugar y en orden de importancia, es necesario señalar que una de las características más importantes a tener en cuenta y a valorar de este príncipe germano era su total y absoluta lealtad a la Casa de Habsburgo; una lealtad tanto en lo institucional como en lo familiar. Por una parte, la familia de los Landgraves de Hesse-Darmstadt atesoraba desde muchas generaciones atrás una trayectoria impoluta de leal servicio al Imperio y, por otra, el príncipe de Hesse era primo hermano de la esposa de Leopoldo I, la emperatriz Eleonora de Neoburgo[12]; habiendo mantenido ambas familias desde siempre una estrecha y óptima relación. Este era un hecho trascendente de cara al futuro ya que, en consecuencia, también Jorge de Hesse era primo hermano de la reina consorte de España, María Ana de Neoburgo, hermana de la emperatriz austríaca y esposa de Carlos II desde 1690[13]; a la que, por cierto, el Príncipe conocía muy bien desde su época de infancia y primera juventud. En segundo lugar, es de destacar que, a pesar de ser un hombre bastante joven, pues tenía veintiséis años cuando desembarcó en 1695 en las inmediaciones de la Ciudad Condal, el Príncipe atesoraba ya una trayectoria militar bastante amplia y experimentada en los campos de batalla europeos. El príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt había sido herido en combate en dos ocasiones y había participado en múltiples campañas militares, tanto con las tropas imperiales en las guerras contra los turcos en Hungría, en dos etapas diferentes, como en tierras griegas al servicio de la República de Venecia, también contra los turcos. También combatió junto al ejército anglo neerlandés del rey Guillermo III en diversas batallas de la Guerra de Irlanda, enfrentándose a las tropas del rey Jacobo II y sus aliados franceses, enviados por Luis XIV; lo que le permitió entablar una relación muy intensa, estrecha y directa con la clase dirigente inglesa, en especial con los miembros de la Casa Real y de su Consejo Privado, así como con los altos jefes militares británicos y los mandos de las tropas expedicionarias neerlandesas. Dos años más tarde, en 1692, Jorge de Hesse regresaría al continente para luchar en el frente del Rin con el ejército imperial, nuevamente bajo el mando del margrave Luis Guillermo de Baden[14], Luis el Turco, que comandaba los ejércitos imperiales que se enfrentaban en el Palatinado a los ejércitos franceses. En todo este tiempo el Príncipe pasó del grado de coronel al de Sargento General de Campo, empleo al que ascendió en la última campaña. En un ámbito más personal, pero bastante significativo, en el año 1693, con 24 años, Jorge de Hesse-Darmstadt abrazó la fe católica, al igual que harían algunos de sus hermanos menores en años posteriores, posiblemente influenciados por él; algo que, sin embargo, no hizo y que no terminó de entender muy bien porqué lo hacía el titular del Landgraviato de Hesse-Darmstadt, su hermano mayor, Ernesto Luis[15]. Este tránsito religioso era algo inusual, teniendo en cuenta que todos los hermanos habían recibido una severa educación religiosa luterana, bajo la tutela de su enérgica madre, una mujer de estrictas convicciones religiosas. En cualquier caso, esta nueva situación aproximaba al príncipe Jorge a estar un poco más en sintonía, si cabe, con los próceres de la Casa Imperial austriaca, de tradicional y reconocida profesión católica. Por último, es importante poner en valor otras dos cualidades que completaban su más que apreciable personalidad. La primera es que atesoraba una enorme capacidad para empatizar con su entorno, en donde desplegaba una gran influencia con la extrovertida y sociable manera de comportarse, que sorprendía en contraposición a su distinguida educación y a la clase social a la que pertenecía. La segunda cualidad era su facilidad para comunicarse en diferentes idiomas, tanto en inglés, como en francés o español, además de, obviamente, el dominio de su lengua materna, el alemán; una capacidad de interlocución lingüística que le permitía relacionarse con fluidez con personas que hablaban diversos idiomas, sin necesidad de intérpretes interpuestos. En sus dos primeros años en el frente catalán Jorge de Hesse se empleó con sus tropas a fondo en la defensa de los territorios que le fueron asignados por el virrey de Cataluña D. Francisco Antonio de Agurto y Salcedo[16], con el que tuvo bastantes e importantes desencuentros, así como con algún que otro alto mando del ejército de Cataluña de Carlos II. El príncipe de Darmstadt quiso así marcar perfil propio desde un primer momento, anticipando un afán de notoriedad y protagonismo que le permitiera significarse ante la Corte de Madrid. En ese tiempo, el Príncipe tuvo, además, la oportunidad de establecer contacto y colaboración con los líderes de las unidades irregulares de migueletes y somatenes locales del principado de Cataluña, levantados en armas para la defensa del territorio ante la agresión francesa; combatiendo «hombro con hombro», entre otros, con el somatén de la veguería de Vich, , con el veguer Ramón Sala Saçala a su cabeza. Era este somatén de «la compañía de Osona» una fuerza compuesta entre otros por Carles Regás, Jaume Puig de Perafita y sus dos hijos mayores (Antonio y Francisco), Maciá Ambert (Bac de Roda) y Josep Moragues[17], así como otros muchos integrantes de ese cuerpo, provenientes todos ellos de la plana de Vich y sus alrededores; hombres con los que estableció Jorge de Hesse una gran conexión y sintonía, que fijaría unos permanentes lazos de vinculación personal y de empatía entre ellos, lo que les mantendría fidelizados para siempre con lo que representaba personal, política y militarmente el príncipe Jorge de Darmstadt. Durante estos dos años de guerra, tampoco dejó Jorge de Hesse de estar en permanente contacto con el Emperador y con el núcleo principal de los partidarios de la sucesión austríaca en la Corte de Madrid, a la cabeza de los cuales estaba su prima, la reina María Ana de Neoburgo: un grupo de poder y de influencia al que pertenecían también las personas del círculo más cercano a la reina, los embajadores plenipotenciarios del Emperador austríaco en la capital de la Monarquía Hispánica, primero con el príncipe de Lobkowitz y más tarde con los condes de Harrach[18], así como un amplio espectro de Nobles y Grandes de España, firmes partidarios de la casa de Habsburgo para la sucesión al solio de Carlos II, si el rey, como era ya comúnmente aceptado, fallecía finalmente sin descendencia. Sin estar físicamente presente en el corazón del centro de decisión de la Monarquía Hispánica, el príncipe de Darmstadt intentó, ya en ese tiempo, el ejercer una cierta influencia sobre ese grupo de poder constituido en la corte, aunque le fuera muy difícil el conseguirlo desde su deslocalización en Cataluña. El comportamiento del Príncipe en la contienda fue sólido y comprometido, exhibiendo una gran firmeza de carácter y un liderazgo muy marcado, incluso poniendo en cuestión en ocasiones las decisiones que en algún momento tomaron sus superiores; especialmente discordante en relación a algunas de las disposiciones que los dos virreyes de Cataluña con los que le tocó colaborar en ese periodo tomaron en momentos determinados, por excesivamente cautas y prudentes, rayanas, a su entender, con una cierta  falta de combatividad y de valentía; lo que se tradujo en una creciente fama de su persona entre la sociedad catalana, como principal adalid en la defensa de su tierra y de los naturales del Principado. Una consideración que él propiciaba y promocionaba con suma habilidad, haciendo gala de sus grandes dotes para la creación de adhesiones y para la generación de complicidades hacia su causa[19]; así como hacia su persona y hacia quien había tomado la decisión de enviarle a combatir a España, que no era otro que el emperador Leopoldo I. Su última acción en esa guerra no hizo sino más que aumentar su aura de prestigio entre la mayor parte de la sociedad barcelonesa y catalana. En los estertores de la contienda, poco antes de que se firmase el Tratado de Paz de Ryswick[20], actuó el Príncipe como general al mando de las tropas que defendieron encarnizadamente el Castillo de Montjuic durante el asedio francés a la ciudad de Barcelona en 1697, mostrando un determinante posicionamiento público en contra de la decisión que la superioridad[21] tomó desde Madrid, cuando dio órdenes al virrey para que rindiera la ciudad a los sitiadores. Su empeño en estar en contra de la rendición y su valiente conducta le proporcionaron un aura de héroe entre los naturales del Principado a todos los niveles sociales. Un comportamiento que tuvo una gran resonancia entre los catalanes y cuyo eco llegó hasta Madrid. Dos meses después de terminada la guerra, el príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt era nombrado Virrey de Cataluña por Carlos II, otorgándole, además, la dignidad de Caballero de la Orden del Toisón de Oro; siendo recibido en Madrid con todos los honores y agasajos de la corte. Poco después haría su entrada como nuevo Virrey en Barcelona, en el mes de enero de 1698. La primera parte de su misión cuando fue enviado por Leopoldo I a Cataluña en 1695 estaba cumplida y con éxito. El Príncipe podría ahora trabajar en favor de los intereses hereditarios de la rama austriaca de la casa de Habsburgo desde la privilegiada posición que había alcanzado en la estructura orgánica e institucional de la Monarquía Hispánica: nada más y nada menos que el Virreinato del Principado de Cataluña. Durante los siguientes años y en la práctica totalidad de los tres que le correspondían por mandato en su nuevo cargo[22], de acuerdo a su nombramiento como virrey, que sólo fue interrumpido al final de su trienio, un par de meses antes de su finalización, a causa del fallecimiento de Carlos II el 1 de noviembre de 1700, el Príncipe de Darmstadt ejerció su papel de virrey con total fidelidad al monarca español y con un estricto cumplimiento de las obligaciones que, por el cargo para el que había sido nombrado, le correspondían. Era el momento de la política en un tiempo convulso, donde la sociedad española en general y, muy especialmente, la catalana, en particular, trataba de recobrar el pulso de una cierta normalidad después de nueve años de guerra contra los invasores, los ejércitos franceses de Luis XIV; mostrándose en general expectante y hasta cierto punto inquieta sobre lo que podía depararles el futuro, ante el inminente desenlace del conflicto sucesorio, que era cada vez más incierto y estaba cada vez más cerca de producirse. Desde su atalaya virreinal, Jorge de Hesse encontró el lugar idóneo para, sin dejar de cumplir pulcramente con sus obligaciones anexas a la dignidad del cargo que ocupaba y a las funciones que le correspondían, desplegar todas sus capacidades para tratar de decantar los designios transversales de las personas pertenecientes a cualquiera de los distintos estamentos sociales catalanes hacia la conveniencia de que la sucesión a la Monarquía Hispánica recayese en un miembro de la casa de Habsburgo austríaca, concretamente en la persona del segundo hijo del emperador Leopoldo I, el archiduque Carlos de Austria. Durante esos tres años el príncipe de Darmstadt no dejó de tejer permanentemente una prolífica red de adhesiones, simpatías y complicidades entre los naturales de Cataluña en favor de la sucesión austriaca y en contra de la borbónica, forjando un estado de opinión y una predisposición preferente en aquella sociedad hacia la casa de Habsburgo; que no dejaba de ser, aunque fuera la rama austriaca, la misma que la de su rey y señor natural, Carlos II. No se olvidó tampoco el Príncipe de establecer relaciones cordiales y cultivar amistades con personajes relevantes de la comunidad extranjera afincada en Barcelona[23]; normalmente comerciantes que en algunos casos hacían las veces de cónsules e informadores de sus respectivos gobiernos, con especial preferencia hacia los ingleses y neerlandeses, como fue en el caso de John Shallett, Arnold de Jäger, Johann de Kies y, sobre todo, de Mitford Crowe. En ese tiempo, también desde Barcelona, pero ya como virrey, el Príncipe trató de poner un poco de orden y sentido al errático comportamiento que en la Corte de Madrid estaban manteniendo en esos años las diferentes personas que constituían el núcleo principal de los partidarios de la sucesión austríaca en la capital. Con bastante poco éxito, por cierto. La distancia geográfica era mucha, por lo que poco pudo hacer Jorge de Darmstadt, aunque lo intentara persistentemente[24], para evitar que los egos y las pocas capacidades diplomáticas de dichas personas relegaran a un segundo plano el objetivo común de trabajar unidos por conseguir inclinar el sentido del testamento del monarca español hacia la designación del archiduque Carlos de Austria como su heredero[25]. Finalmente, Carlos II falleció y su testamento fue desfavorable para los intereses imperiales. Como era previsible, el príncipe de Darmstadt fue removido de su puesto por el nuevo rey, Felipe V, destituyéndolo como virrey de Cataluña[26] y, por tanto, no renovándole en su cargo por un nuevo periodo de tres años. No obstante, antes de abandonar el principado de Cataluña, Jorge de Hesse terminó de consolidar y fijar el funcionamiento de la red de adhesiones a la causa austracista que había estado construyendo desde que llegara seis años antes a las costas catalanas. Expulsado por las nuevas autoridades borbónicas, Jorge de Hesse abandonó la península ibérica por vía marítima en abril de 1701, con la promesa en firme hacia sus afines de regresar con un nuevo rey[27]. Continuará ……….   Notas [1]Península ibérica. [2]Proclamado rey de España en Barcelona por las Cortes Catalanas, con el nombre de Carlos III, unos meses más tarde de la firma del pacto de Génova. [3]Ya existía desde 1704 el frente de la frontera portuguesa, una vez que en 1703 Portugal cambiase de bando y se uniese a la Gran Alianza. [4]Nombrado Gobernador de Barbados en 1702 y figurando como titular de enero a julio de 1702; no llegó a ocupar el cargo, ya que tras el fallecimiento de Guillermo III y el ascenso al trono de la reina Ana, se nombró a otra persona para el puesto. De todas formas, como premio a su aportación al proyecto aliado en Cataluña, Mitford Crowe volvería a ser nombrado Gobernador de Barbados en 1706 y esta vez sí que tomaría posesión del cargo, permaneciendo oficialmente en él desde 1707 hasta 1710, cuando fue cesado y sustituido del mismo tras recibirse en la metrópoli británica algunas denuncias en 1708 de miembros del Consejo de Barbados, con acusaciones de mala administración y soborno que le implicaban directamente. [5]Enclave mesetario de Cataluña rodeado de zonas montañosas y de difícil acceso, situado a unos setenta kilómetros al nornordeste de la ciudad de Barcelona. [6]Gente de Vich. [7]Que plasmase por escrito un mayor compromiso y algunas garantías adicionales asumidas por las partes. [8]1705 [9]Desde agosto de 1704. [10]En contraposición al parecer de algunos nobles y Grandes de España, que eran muy influyentes en el círculo más próximo a Carlos III y estaban instalados en la capital portuguesa, como el Almirante de Castilla. Imponiendo su criterio, también, frente al poco entusiasmo con que fue acogida su propuesta por los altos mandos de la fuerza expedicionaria aliada. [11]2023. [12]El padre de Jorge de Hesse y la madre de la Emperatriz eran hermanos. [13]Se casó con Carlos II el 14 de mayo de 1690 en Valladolid, aunque lo había hecho por poderes nueve meses antes en el Palatinado-Neoburgo. [14]Como lo hiciera al principio de su carrera militar en Hungría. [15]Ernesto Luis era sólo catorce meses mayor que Jorge. Los dos se educaron y formaron juntos, compartiendo incluso el Gran Tour con el que los jóvenes nobles europeos daban paso a su edad adulta; estableciéndose durante muchos años una estrecha relación personal entre ellos que iba más allá de la de unos simples hermanos de la época. [16]1er marqués de Gastañaga [17]Seis de los que más adelante se conocerían como «Vigatanos». [18]Fernando Buenaventura y su hijo Alois Tomás, que le sucedió en el cargo en 1698. [19]La conveniencia de que recayera la sucesión de la Corona española en un miembro de la casa de Habsburgo. [20]Septiembre de 1697. [21]El rey Carlos II, asesorado por los miembros de su Consejo de Estado. [22]Los cargos de virrey tenían en la Monarquía Hispánica una duración máxima de tres años, prorrogables o no en otros periodos adicionales de similar duración; aunque en función de vicisitudes sobrevenidas podían ser bastante más cortos. De hecho, el príncipe Jorge de Darmstadt era en 1698 el 46º virrey de Cataluña nombrado en lo que se llevaba del siglo XVII (en menos de 100 años), no habiendo repetido nunca ninguno de ellos en el cargo. [23]Preferentemente con naturales de las potencias aliadas en la anterior guerra, la de los Nueve Años. [24]E informara de ello al emperador Leopoldo I. [25]Un grupo de personas que colisionaban continuamente entre ellas en su burdo intento por anteponer su afán de protagonismo en la influencia que sobre el monarca español y sobre su Consejo de Estado pudieran ejercer. [26]Pocos días antes de que caducase su nombramiento por Carlos II. [27]En referencia al archiduque Carlos de Austria.

La Guerra de Sucesión Española, ¿una guerra inevitable? Los Tratados de Partición (Quinta y última Parte)

La Guerra de Sucesión Española, ¿una guerra inevitable?

Los Tratados de Partición

(Quinta y última Parte)

  Por Pablo Fernández Lanau – 19 de marzo de 2023   Los tres Tratados de Partición —1668, 1698 y 1700— mostraron con claridad el posicionamiento de los dirigentes de las diferentes potencias continentales frente al tablero geoestratégico europeo[i], poniendo de relieve sus intenciones e intereses. Lo primero que cabría destacar es que la única potencia que participa en todos y cada uno de ellos[ii] es Francia; que no sólo concurre a los mismos como firmante, sino que es Luis XIV el promotor e impulsor de los tres, buscando en todo momento poner en valor sus aspiraciones políticas y territoriales, ante la posibilidad de aprovechar la debilidad de la Monarquía Hispánica para conseguir ampliar sus dominios a costa de ella. Otro aspecto importante a señalar es que, más allá de la clara intencionalidad de obtener réditos territoriales en el desmembramiento de la Monarquía Hispánica, uno de los objetivos subsidiarios del monarca francés a la hora de promover esos tratados es el de inmovilizar y bloquear a una parte de sus habituales rivales u oponentes, que a tenor de lo acordado en los mismos convierte coyunturalmente en sus socios. Una manera bastante astuta de poder legitimar sin oposición sus posteriores anexiones territoriales mediante el uso de la fuerza de las armas, contando con la complicidad ya pactada e interesada tanto de Leopoldo I[iii] como de Guillermo III[iv]. Los tres Tratados de Partición son un modelo estereotipado clásico de la hipocresía política que rezuma el contenido explicitado en ellos; que mientras en los preliminares y en las justificaciones para su establecimiento expresan los firmantes buscar la consecución de la paz, el evitar la guerra, el prevenir desgracias, la concordia, el entendimiento, el equilibrio de fuerzas en el marco europeo, el bienestar de sus pueblos, etc.; del contenido del articulado de los tratados pueden extraerse las verdaderas intenciones de quienes los han elaborado y acordado. Unos Tratados que tienen como objetivo la defensa de los intereses personales y de grupo de las élites gobernantes de cada una de las potencias firmantes, que muestran un menosprecio lacerante al legítimo derecho de la Monarquía Hispánica a decidir por sí misma la cuestión sucesoria de su Corona, y evidenciando, por último, una desmedida ambición tanto en el ámbito político como en el territorial, el comercial y el económico. En este sentido, estos tres Tratados de Partición siguen un patrón muy semejante. Primero se exponen en unos preliminares los motivos de las partes para establecerlos, que se construyeron en base a una argumentación tan falsaria como maniquea, con el uso y abuso de un lenguaje intencionadamente rimbombante, grandilocuente disfraz dialéctico con el que pretendían enmascarar la exposición burda y falaz de explicaciones con las que intentaron justificar la imperiosa necesidad existente de alcanzar un acuerdo entre las partes firmantes; unas justificaciones que sólo servían para dar una cobertura de nobles intenciones y de «buenismo» político a los dirigentes que los firmaron. En segundo lugar, se explicita en ellos el articulado correspondiente a la parte concreta del tratado, con una exposición detallada de los compromisos y acuerdos que se alcanzan entre esos firmantes, lo que viene a constituir la verdadera naturaleza y la auténtica esencia de lo que se pretende obtener en los mismos. Finalmente, tal y como se establecía en los condicionantes de los preliminares para la activación de cada uno de los tres Tratados de Partición, Carlos II fallecería sin descendencia legítima directa, tras treinta y nueve años de vida y dos matrimonios infecundos. El monarca español moriría el 1 de noviembre de 1700, habiendo firmado su testamento unas pocas semanas antes en favor de Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV. Planteábamos en el artículo anterior la pregunta de si realmente iba a aceptar el monarca francés la herencia asignada en el testamento de Carlos II a su nieto o no lo haría: cuestión clave y capital para el devenir del conflicto sucesorio. Es interesante destacar que, a la postre, no fue el Delfín de Francia el sujeto jurídico en el que el monarca español depositó la herencia[v], sino que lo hizo en un hijo suyo, Felipe de Anjou, que ni siquiera era su primogénito y por tanto no era el heredero directo de la corona francesa; ya que Felipe era el segundo en orden sucesorio de los hijos del Delfín. Este aspecto tenía una gran trascendencia, pues de consolidarse las dos líneas separadas de los dos nietos mayores de Luis XIV[vi] en ambas monarquías, la francesa y la española, no existiría la posibilidad real de asimilación territorial dinástica, como lo hubiera sido si fuera el Delfín el elegido para la herencia, tal y como se planteaba en los Tratados de Partición. No obstante, en realidad, Luis XIV, el Rey Sol, Luis el Grande, el soberano que se creía centro del universo por derecho divino, no podía resistirse a la tentación de engullir de facto y de una vez tan ansiado y apetitoso bocado, como lo era la herencia de todos los territorios bajo el dominio de la Monarquía Hispánica, o lo que es lo mismo, la totalidad del Imperio Español; aunque fuera en la figura de uno de sus nietos que no estaba situado en la línea principal hereditaria de su Corona. Encontrándose en esa tesitura, el monarca francés no quiso conformarse con incorporar a la herencia del Delfín, su hijo, sólo los dominios que había pactado con ingleses y neerlandeses en el último Tratado de Partición, el de 1700. Luis XIV aspiraba a todo. A la sazón, el monarca francés contaba ya con 62 años, lo que indicaba entonces que muy posiblemente estuviera encarando la recta final de su vida y de su extenso mandato. Analizando al personaje, lo cierto es que, en coherencia y consonancia con su prolífica trayectoria como gobernante, Luis XIV no podía dejar pasar el momento y desaprovechar la ocasión que se le brindaba. Era una oportunidad única para intentar cerrar con un broche de oro lo que para él era su excelsa obra política, dando un salto cualitativo y cuantitativo sin precedentes en la consolidación de su magno legado, de su grandeza, de su gloria y, sobre todo, de poder pasar a la historia como el monarca bajo cuyos designios Francia se convirtiera en un Gran Imperio, superando incluso al de Carlomagno. Por si esto fuera poco, además, de esta manera podría conseguir elevar el prestigio y el poder de la Casa de Borbón, su propio linaje, al máximo nivel como referente dinástico europeo y con el mayor poder en la historia. Sabía el monarca francés que las dificultades serían máximas, ya que aceptando el testamento de Carlos II rompía el pacto alcanzado en marzo de 1700 con ingleses y neerlandeses en el Tratado de Partición de Londres, lo que posiblemente generaría una gran desconfianza hacia su política y hacia su persona; un recelo que sabía que desembocaría tarde o temprano en una nueva gran alianza entre las potencias europeas, que una vez más se unirían en su contra. El problema principal que se le plantearía entonces provendría básicamente en la más que probable unión del Sacro Imperio Romano Germánico con Inglaterra y los Estados Generales de las Provincias Unidas de los Países Bajos; así como la adhesión a esta coalición, con previsible certeza, de algunas otras cancillerías europeas. Pero en esta ocasión, a diferencia de guerras anteriores, contaba Luis XIV con que España, después de la unión dinástica de las dos coronas, no estaría enfrentada a Francia, sino que estaría de su lado. Además, sabía que disponía de largo del ejército más potente, profesionalizado y numeroso de toda Europa; así como de unos mariscales y generales de contrastada solvencia en el campo de batalla, al menos a tenor de los resultados obtenidos en el pasado, cuando exhibieron durante la segunda mitad del siglo XVII un mayor talento y una superioridad táctica contrastada con respecto a sus adversarios. Existía otro factor con el que contaba a su favor el monarca francés, que no era otro que el efecto sorpresa que la decisión testamentaria final de Carlos II había causado en muchas cancillerías; lo que las llevó a aceptar el testamento del difunto monarca español y la decisión plasmada en él, al menos como primera respuesta ante la imprevista situación sobrevenida que se planteaba desde Madrid. La única cancillería que desde un principio manifestó su rechazo frontal al testamento del finado fue, como no podía ser de otra manera, la de Viena; que comenzó en pocas semanas con los preparativos para la guerra, con la ocupación del Milanesado como primer objetivo. En consecuencia, Luis XIV, conocedor de la situación de momentáneo shock y el bloqueo en el que todavía se encontraban los centros de decisión de las potencias europeas, haciendo gala de su habitual actitud de tomar siempre la iniciativa, se apresuró sin reparo alguno a mover sus tropas y consolidar las posiciones que consideró esenciales para fijar sus intereses ante el conflicto que poco más adelante estaba convencido que con total seguridad se produciría: —Mandó a su nieto Felipe de Anjou a España para hacerse cargo de la herencia asignada en el testamento de Carlos II, acompañado de un numeroso grupo de asesores y ayudantes franceses de total confianza del monarca francés (de Luis XIV); a los que se uniría el duque de Harcourt y los enviados especiales que mandaría posteriormente a Madrid. El objetivo de Luis XIV no era otro que el tutelar las acciones del jovencísimo y nuevo monarca español[vii], desde el principio de su reinado y todo el tiempo que pudiese, que esperaba que fuera prolongado o para siempre; en aras a que las decisiones que se tomaran en la capital de la Monarquía Hispánica siguieran al pie de la letra sus indicaciones y beneficiaran a los intereses de Francia, no permitiendo que existiese traba alguna u objeción al respecto. —Por otra parte, sin mediar comunicación ni aviso previo, relevó con su ejército a las tropas neerlandesas de las plazas de barrera de los Países Bajos españoles, expulsándolas sin explicaciones ni miramientos, lo que introdujo de nuevo el factor amenaza e intimidación de invasión sobre las Provincias Unidas de los Países Bajos. —Movilizó a todo su ejército, especialmente al acuartelado en las proximidades del ducado de Saboya, para pasar a través de ese territorio al ducado de Milán cuanto antes, uniéndose a las tropas españolas allí acantonadas, para tratar así de contrarrestar la más que probable incursión de las tropas imperiales en el valle del Po en la primavera de 1701, una vez transcurrido ese invierno que iba a comenzar en pocas semanas. —Se lanzó también a establecer una serie de pactos, alianzas y tratados de colaboración con las pocas potencias sobre las que podía tener todavía un cierto ascendiente, ya fuera por afinidad mutua, por intereses compartidos o por temor ante el conflicto que se avecinaba. Así pues, estableció en 1701 ententes con Portugal, con el ducado de Saboya y con los electorados de Baviera y Colonia; aunque las dos primeras le abandonarían pronto, en 1703, cambiando de bando y alineándose a partir de esa fecha con imperiales, ingleses y neerlandeses. De esta manera, llegados al final del año 1700, en los albores de un nuevo cambio de siglo, los tambores de guerra volvían a resonar con fuerza en el occidente de Europa. Tres años después de la firma del Tratado de Paz de Ryswick, nada hacía prever que esa paz fuese a durar mucho tiempo más; haciendo que los acuerdos alcanzados en él se convirtieran en papel mojado. El monarca francés optó una vez más por la guerra, convencido de que, como casi siempre, saldría ganando. Después de décadas promoviendo guerras e impulsando tratados de partición, Luis XIV había decidido que el conflicto sucesorio de la Monarquía Hispánica se dilucidaría en los campos de batalla, seguro como estaba de que saldría victorioso con sus ejércitos. Pero se equivocó y perdió la guerra, arrastrando en parte con él a esa España borbónica que había sido fiel a los deseos y a los designios que el último rey de los Austrias españoles, Carlos II, había plasmado en las postreras voluntades reflejadas en su último testamento. En esta ocasión, los referentes del pasado no le sirvieron al monarca francés como garantía de éxito para el presente. Muchas cosas habían cambiado y lo que ocurrió en ese principio del siglo XVIII así lo evidenció. Finalizada la guerra, trece años después de su comienzo, los acuerdos establecidos en los Tratados de Paz que pusieron fin a la contienda —en Utrecht en 1713, en Rastadt en 1714 y en Baden, también en 1714— constituyen una prueba irrefutable del resultado adverso que significó el conflicto para Luis XIV y para Francia. Aunque la peor parada fue sin duda la Monarquía Hispánica. El Imperio Español perdió tras esta guerra todos sus territorios europeos al otro lado de los Pirineos; tanto los que le quedaban a finales del siglo XVII de la herencia borgoñona de Carlos I (Países Bajos españoles, Luxemburgo y el ducado de Milán), como los que había aportado al proyecto político de los Reyes Católicos a finales del siglo XV la Corona de Aragón (Nápoles, Sicilia y Cerdeña); sin olvidar, por supuesto, la ignominiosa pérdida territorial que supusieron las infames entregas de la soberanía de Gibraltar y de Menorca a Inglaterra. Lo que con tanto empeño había tratado evitar Carlos II con su testamento, finalmente se produjo; ya que como consecuencia del resultado de la Guerra de Sucesión Española y de los tratados de paz que se acordaron a su finalización, el desmembramiento de la Monarquía Hispánica se convirtió a partir de 1714 en una realidad. Un año más tarde, en septiembre de 1715, Luis XIV fallecería y el pequeño Luis de Francia, entonces el nuevo Delfín[viii], biznieto del Rey Sol e hijo del hermano mayor de Felipe V, heredaría la Corona francesa con tan sólo cinco años de edad, con el nombre de Luis XV. Se iniciaba así, con un periodo de regencia, una nueva etapa política en Francia y en Europa. Pero esto es ya otra historia.

Epílogo

La existencia de estos Tratados de Partición constituye una prueba documental explícita de cómo se dilucidaban en aquellos tiempos las pretensiones e intereses de los gobernantes de cada una de las potencias europeas de la época, especialmente de las que estuvieron concernidas en los mismos. Son, también, una muestra fehaciente de sus ambiciones, de su falta de escrúpulos y del cinismo recalcitrante que manifestaban en los acuerdos a los que llegaron para de tratar de apropiarse de lo que no era suyo, aprovechándose de las debilidades de un tercero, que en este caso era la Monarquía Hispánica. En este sentido, aun poniendo de relieve la grandísima responsabilidad que tanto Leopoldo I como Guillermo III (imperiales, ingleses y neerlandeses) tuvieron al convertirse en cómplices necesarios e interesados de Luis XIV (lo que le permitió abusar de esa fragilidad española que le imposibilitaba defender sus intereses por sí sola), no cabe duda que fue Luis XIV quien con más persistencia buscó permanentemente el conflicto y la guerra para conseguir sus objetivos expansionistas a costa de la Monarquía Hispánica. Una frase mítica viene a plantear una afirmación que explica la esencia y la naturaleza de estas permanentes confrontaciones bélicas que promovió el monarca francés en su extenso reinado. La frase es la siguiente:

«La Guerra es la simple continuación de la política con otros medios».

La cita corresponde al pensamiento del militar prusiano Carl von Clausewitz (1780-1831), uno de los más influyentes historiadores y teóricos de la ciencia militar en época moderna. Una frase extraída de su conocido tratado ‘De la Guerra’, escrito por este autor más de un siglo después de finalizada la Guerra de Sucesión Española. Von Clausewitz afirma que la guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas con otros medios; afirmando también que el propósito político es el fin y la guerra el medio para alcanzarlo. Como puede constatarse, con fidelidad absoluta a la historia de la humanidad en todos los tiempos, más de cien años después de finalizada la Guerra de Sucesión Española, la reflexión continuaba siendo muy actual; nada había cambiado. Para finalizar, nos gustaría poner en valor la inapelable certeza de que la realidad histórica es lo que verdaderamente ocurrió y nada más, por lo que todas las demás hipótesis o suposiciones que puedan plantearse no dejan de ser pura especulación. Sin embargo, es legítimo y hasta lógico preguntarse, ¿qué hubiera ocurrido si en el testamento de Carlos II, el monarca español hubiera designado como sucesor de toda la Monarquía Hispánica al archiduque Carlos de Austria?; o también reflexionar sobre, ¿cómo se hubieran desarrollado los acontecimientos si, fiel a sus pactos con ingleses y neerlandeses, Luis XIV hubiese renunciado a la herencia que Carlos II había otorgado a su nieto en el testamento y hubiera respetado el Tratado de Partición que en 1700 había firmado con ellos, invocando ese acuerdo sólo para hacerse con el dominio de los territorios que tenía asignados en él para su hijo, el Delfín? La verdad es que nunca sabremos lo que hubiera ocurrido en ambos casos, ni en otros muchos que pudieran plantearse. Lo que sí sabemos es que, llegados a ese momento crucial en la historia de Europa, tal y como tomó sus decisiones el monarca francés a partir de aquel 1 de noviembre de 1700, se iniciaba el camino hacia una nueva contienda bélica. Todo dependía de él y Luis XIV no dejó ni un solo resquicio para una resolución pacífica y negociada del conflicto que él mismo había alimentado durante todo su reinado; en coherencia a su obsesiva ambición por ampliar sus dominios y su poder, apoderándose de todos los territorios de la Monarquía Hispánica que le interesasen y estuviesen a su alcance. En este sentido; en base al análisis historiográfico del contexto en que se produjeron todos los acontecimientos que hemos tratado de relatar en esta serie de cinco artículos sobre estos tres Tratados de Partición de la Monarquía Hispánica, a los que habría que añadir  otros muchos más hechos que se produjeron de índole diversa; teniendo en cuenta, además, el perfil de la personalidad en la acción de gobierno que, en función a las decisiones que tomaron, revelaron los protagonistas que ostentaban capacidad ejecutiva en las cancillerías de las diferentes potencias europeas; podemos concluir, respondiendo a la pregunta inserta en el título de esta serie de artículos en que nos hemos aproximado a este importante periodo de la historia de España y de Europa, que, en esas circunstancias históricas que se dieron :

La Guerra de Sucesión Española fue una guerra inevitable.

 

Bibliografía

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      [i] El Reino de Francia, el Sacro Imperio Romano Germánico, el Reino Unido (aún sin Escocia) y los Estados Generales de las Provincias Unidas de los Países Bajos. [ii] En los tres. [iii] En el de 1668. [iv] En los de 1698 y 1700. [v] Como se contemplaba en los Tratados de Partición de 1698 y 1700. [vi] Luis de Francia (1682-1712), duque de Borgoña y Felipe de Francia (1683-1743), duque de Anjou. [vii] Felipe de Anjou tenía en ese momento 16 años. [viii] Su abuelo y su padre habían fallecido anteriormente de viruela y sarampión, en 1711 y 1712, respectivamente.

La Guerra de Sucesión Española, ¿una guerra inevitable? Los Tratados de Partición (Cuarta Parte)

La Guerra de Sucesión Española, ¿una guerra inevitable? Los Tratados de Partición (Cuarta Parte)     Entre el 13 y el 25 de marzo de 1700 se firmaron, consecutivamente en Londres y en La Haya, las capitulaciones correspondientes al Tercer Tratado de Partición de la Monarquía Hispánica en lo que se llevaba de siglo XVII. Actualizaban así, tanto el monarca francés como el rey inglés y los representantes de los Estados Generales de las Provincias Unidas de los Países Bajos, el Tratado de Partición de la Haya de 1698[i], dando respuesta a la nueva situación sobrevenida tras el fallecimiento del príncipe José Fernando de Baviera en 1699. En este nuevo tratado, el Tratado de Partición de Londres de 1700, que venía a sustituir al anterior, se reasignaban las posesiones que heredarían los candidatos a la sucesión de la Monarquía Hispánica en caso de morir sin descendencia directa legítima el rey Carlos II de España, hecho que ya se daba por descontado en todas las cancillerías europeas; adecuando así las asignaciones correspondientes al importante cambio que se había producido al desaparecer como candidato a la sucesión el príncipe bávaro. Al contrario de lo sucedido en el Tratado de Partición de 1698[ii] y antes de cerrarse definitivamente el acuerdo entre los firmantes, en el transcurso del verano y del otoño de 1699, intentaron los negociadores franceses, ingleses y neerlandeses desplazados a Viena, siguiendo las indicaciones de Luis XIV, de Guillermo III y de los mandatarios de las Provincias Unidas de los Países Bajos, que al Tratado se adhiriera el Emperador austríaco desde un primer momento, antes de ratificarlo ellos con las firmas correspondientes. La negativa de Leopoldo I fue rotunda, ya que tras el fallecimiento de José Fernando de Baviera aspiraba[iii] a que su hijo menor, el archiduque Carlos, fuera designado por Carlos II como heredero universal de la totalidad de la Monarquía Hispánica. Leopoldo I confiaba plenamente en la gestión que sus enviados plenipotenciarios, embajadores y diplomáticos habían realizado y mantenían a tal efecto en la capital de la Monarquía Hispánica, así como en la información que de ellos recibía; lo que le inclinaba a pensar que su labor sería suficiente para garantizar que Carlos II eligiese en su testamento como sucesora de sus dominios a la línea austríaca de la casa de Habsburgo. En este sentido, el monarca austriaco estaba seguro y convencido, tanto de la capacidad como de la competencia de su fiel amigo de la infancia y experimentado embajador, el conde Fernando Buenaventura de Harrach[iv], al que nombró embajador plenipotenciario en Madrid entre los años 1697 y 1698; así como en la continuación de su labor por parte de su sucesor en el cargo, su hijo, el conde Luis Tomás de Harrach[v]. También contabilizaba en su haber el Emperador la influencia que presumiblemente ejercían en la Corte madrileña y en el propio monarca español los partidarios de una sucesión que mantuviese los dominios de dicha monarquía bajo los auspicios de la Casa de Habsburgo; persuadido del poder que el ascendiente dinástico que atesoraba la candidatura austríaca, basado en los estrechos lazos de sangre que por generaciones ambas familias habían mantenido entre ellas, sería un factor absolutamente determinante para decantar la decisión testamentaria de Carlos II hacia sus postulados. Por si estos motivos favorables no fueran suficientes, por contra, el hecho de que el Tratado al que pretendían que se adhiriese Leopoldo I contemplara que la herencia del ducado de Milán no recayese sobre su hijo, el archiduque Carlos, es decir, que ese territorio transalpino quedase fuera de los dominios de la Casa de Habsburgo, suponía un planteamiento emocional del todo inadmisible e innegociable para los intereses austríacos, haciendo imposible el encontrar resquicio alguno para el acuerdo y dando pábulo, además, a una justificación más que tangible para rechazar el ofrecimiento; ya que el Milanesado, por sí mismo y por la posibilidad que ofrecía de salida hacia el mar Mediterráneo, era un territorio de la Monarquía Hispánica sobre el que históricamente tuvieron siempre un especial interés y preferencia en la Corte vienesa, tanto por parte de los diferentes emperadores que ocuparon el solio austriaco como por parte de la inmensa mayoría de la clase dirigente imperial. Convencido de que finalmente sería su hijo Carlos, el archiduque, el elegido por el monarca español para heredar su vasta monarquía, Leopoldo I rechazó el participar en el acuerdo que le propusieron franceses, ingleses y neerlandeses, no adhiriéndose a este nuevo Tratado de Partición, a pesar de ser la Casa de Habsburgo la más beneficiada en el nuevo reparto. Tres décadas después del Primer Tratado de Partición, el de Viena de 1668, que él mismo acordó entonces con Luis XIV, al emperador austríaco ya sólo le servía ahora recibir toda la herencia, seguro como estaba de que la obtendría en el testamento de su sobrino Carlos (Carlos II): una apuesta arriesgada por el todo que resultaría a la postre poco realista y que acarrearía en no mucho tiempo graves consecuencias. En cuanto al Tratado en sí, los contenidos articulares del mismo, así como las justificaciones y motivaciones que esgrimen los firmantes en él, son de una índole semejante al de 1698; variando sólo, sustancialmente, en la asignación de territorios y dominios a heredar por los distintos candidatos. En este caso, el texto del Tratado de Partición de Londres de 1700 contempla el reparto de la herencia de la Monarquía Hispánica como sigue: -Asigna al Delfín de Francia, hijo del rey Luis XIV, la herencia de los territorios de la Monarquía Hispánica correspondientes a los reinos de Nápoles y de Sicilia; el marquesado de Final, en la costa de Liguria; los Presidios de la Toscana y una parte de la isla de Elba, con su costa adyacente del Piombino; y la totalidad de la provincia de Guipúzcoa, con mención expresa de Fuenterrabía, San Sebastián y del puerto de Pasajes. También establece la asignación al Delfín de los ducados de Lorena y de Bar, territorios que, aunque no estaban bajo el dominio del monarca español, se utilizaban en el Tratado como canje por el ducado de Milán.  -Asigna al Duque de Lorena, Leopoldo I de Lorena, la herencia del ducado de Milán[vi], excepto del condado de Bitche, que es asignado al Príncipe de Vaudemont[vii]. -Asigna al Archiduque Carlos de Austria, segundo hijo del emperador Leopoldo I, la herencia de la Corona de España, con todos los Reinos, Lugares Dependientes, Estados, Provincias y Plazas existentes en el presente, a excepción de lo consignado para el Delfín de Francia, el Duque de Lorena y el Príncipe de Vaudemont. Analizando a fondo el texto de este Tratado de Londres y comparándolo con los de 1668 y 1698, podemos constatar que, de alguna manera, una vez desaparecida de la ecuación sucesoria la figura del candidato bávaro, el príncipe José Fernando de Baviera, que marcó una profunda merma en los territorios de la herencia que se asigna a los austriacos en el Tratado de La Haya de 1698, se regresa a un planteamiento equivalente al del Tratado de Viena de 1668; al menos en cuanto al reparto de territorios asignados a las Casas de Habsburgo y de Borbón[viii]. Comparando ambos Tratados de Partición, el de 1668 y el de 1700, es bien cierto que en este último la Casa de Habsburgo pierde la herencia del ducado de Milán, pero en compensación, no es menos cierto que gana la de los Países Bajos españoles y de las Islas Filipinas Orientales, territorios que en el Tratado de Viena de 1668 los monarcas firmantes (Luis XIV y Leopoldo I) asignaron a la Casa de Borbón. En cuanto a la herencia de la Casa de Borbón podemos valorar como equivalente, aunque un tanto a la baja, la relación de dominios asignados en la comparación entre ellos, pues, aunque gana los ducados de Lorena y de Bar en el intercambio territorial que hace con el Duque al asignarle a este último el Milanesado, pierde la herencia de los Países Bajos españoles. Es interesante señalar, además, que hay en este Tratado de Londres de 1700 una cláusula que es definitoria e importante, la octava (VIII). En ella se acuerda que el archiduque Carlos no podrá en ningún caso pasar a España ni al ducado de Milán en vida de S. M. Católica (Carlos II) sin común consentimiento de los firmantes del Tratado y no de otra manera. Se aseguraban así los firmantes, en especial Luis XIV, la imposibilidad de tener que expulsar a un posible candidato que podría haber acumulado en un tiempo determinado muchas adhesiones en la Corte española y en los territorios en donde estuviese presente. No obstante, es necesario significar que Leopoldo I tampoco estaba por la labor, harto solicitada desde Madrid por sus diplomáticos desde hacía años. Así pues, con el impulso y materialización de este último Tratado de Partición, Luis XIV había conseguido actualizar y reestablecer el pacto al que llegó en 1698 con ingleses y neerlandeses para el asunto de la sucesión de la Monarquía Hispánica; volviendo a definir su posicionamiento en la misma y adecuándolo a la situación sobrevenida. Se cerraba así en ese mes de marzo de 1700, por el momento, uno de los frentes en los que fundamentó el monarca francés la estrategia para lograr su anhelado objetivo, que no era otro que el de consolidar una hegemonía dinástica de la Casa de Borbón frente a sus competidoras europeas, especialmente frente a la Casa de Habsburgo, construyendo una Monarquía Universal francesa para gloria de su persona, de su proyecto político y de su linaje[ix]; a costa, como no podía ser de otra manera, de apoderarse de parte de los dominios de sus vecinos y rivales, priorizando en cada momento entre ellos los del más accesible, débil y vulnerable de todos, que en muchos de los casos fueron los dispersos territorios europeos de la mastodóntica Monarquía Hispánica[x]. Esa obsesión y fijación por apoderarse con sus ejércitos de territorios hispanos y de debilitar el Imperio Español era algo en lo que el monarca francés era recurrente, pues llevaba haciéndolo desde hacía cinco décadas, desde el mismo momento en que accedió formalmente al trono de Francia[xi]. Una política de anexiones que no era nueva, sin duda, ya que no dejaba de ser una prolongación de la agresiva política de expansión territorial que en este mismo sentido desarrolló su padre, Luis XIII, bajo la batuta del influyente y todopoderoso cardenal Richelieu, personaje que, desde su responsabilidad de Primer ministro del Reino, puso las bases del absolutismo y del centralismo como modo de gobierno y modelo de estado en Francia, un sistema político que alcanzaría su máxima expresión y desarrollo en el reinado de Luis XIV. En el frente de la diplomacia, en Madrid, desde la firma de la Paz de Ryswick en septiembre de 1697, el recién nombrado embajador extraordinario francés, Henri d’Harcourt —un experimentado teniente general y mariscal de campo de los ejércitos de Luis XIV, con una trayectoria militar muy dilatada y que había participado ejerciendo diversos mandos de responsabilidad en la última gran contienda europea (la Guerra de los Nueve Años)— desplegaba todas las cualidades que atesoraba su poliédrica personalidad para poner en valor la legitimidad de los derechos del delfín de Francia al trono de la Monarquía Hispánica; desarrollando para ello una intensísima actividad en la Corte madrileña durante más de dos años, con la que trataba de ganar voluntades para la candidatura borbónica entre la alta nobleza española. Era el embajador francés un hombre ingenioso y con una gran conversación, capaz de combinar con gracia una cierta rudeza, propia de un curtido soldado, con los modos del comportamiento social más exquisito que la dinámica de relaciones en una corte requerían. El marqués[xii] de Harcourt tenía un temperamento alegre y divertido, siendo, además, un individuo muy agradable en el trato y extremadamente afable; lo que le dotaba de un atractivo especial en sus relaciones sociales y políticas. El trabajo que hizo Henri d’Harcourt[xiii] como abanderado de la causa borbónica ante los Grandes de España y los miembros del Consejo de Estado fue muy meritorio, eliminando en muchos cortesanos y madrileños la antipatía que todo lo francés producía en su ánimo; algo comprensible después de tantas décadas de continuos enfrentamientos bélicos. Aún y así, Henri d’Harcourt fue relevado de su función en marzo de 1700, sustituido por Jean-Denis Blécourt, su más cercano colaborador en la embajada; que fue a partir de ese momento el diplomático francés que culminaría con éxito en unos pocos meses más el trabajo de su antecesor, ya en la parte final del reinado de Carlos II. El marqués de Harcourt regresó a Francia en mayo de 1700, y en octubre de ese mismo año Luis XIV le asignó el mando del ejército francés acantonado en lo que hoy es el sur del departamento francés de los Pirineos Atlánticos, entre las inmediaciones de la cara norte de las estribaciones de los Pirineos occidentales y la cuenca sur del río Adur. Harcourt quedó situado con su ejército en una buena disposición para cruzar los Pirineos y penetrar en la península ibérica a la altura de Navarra o de la provincia de Guipúzcoa, sólo a la espera de recibir la orden de su monarca para ello; quizás para ejecutar manu militari los acuerdos contenidos en el Tratado de Partición de Londres de 1700, en lo que hacía referencia a la provincia de Guipúzcoa. En cualquier caso, nunca lo sabremos, porque nada de eso ocurrió. Lo que sí hizo Luis XIV de una manera inmediata, una vez dado a conocer el testamento de Carlos II, fue el recompensar al marqués de Harcourt, premiando los servicios que había prestado en Madrid como embajador de Francia desde 1697 hasta 1700 y los resultados cosechados por su gestión, al nombrarle de nuevo embajador plenipotenciario en Madrid ante Felipe V y, en ese mismo mes de noviembre de 1700, otorgándole la categoría nobiliaria de Duque. Había algo obvio que tanto Luis XIV como Leopoldo I deberían conocer con toda seguridad. No había que ser un experimentado político para saber que en ningún caso Carlos II estaba dispuesto a desmembrar la herencia que había recibido de sus antepasados en el testamento que debería firmar antes de morir. Además, esta posición del monarca español estaba en total sintonía con la de los miembros de su Consejo de Estado y de la alta nobleza que conformaba la clase dirigente de la Monarquía Hispánica[xiv]. Por tanto, la cuestión a dilucidar se planteaba tan sólo como una respuesta a la única dicotomía posible: sería un candidato de la Casa de Habsburgo o uno de la Casa de Borbón el elegido por el monarca español para heredar la totalidad de su Imperio. En el Tratado de Partición de Londres de 1700 la posición de Luis XIV se había visto nuevamente reforzada. Si Carlos II decidía elegir en su testamento como heredero universal de la Monarquía Hispánica al archiduque Carlos de Austria, el monarca francés sólo tendría que invocar al Tratado y acogerse a lo acordado con ingleses y neerlandeses para apropiarse de los territorios y dominios que en el texto del mismo se establece como la parte que corresponde de la herencia española a su hijo, el Delfín. Tanto Inglaterra como los Estados Generales de las Provincias Unidas de los Países Bajos, no sólo le permitirían hacerlo sin poner objeción alguna, sino que estaban obligados en virtud de lo acordado en el Tratado a socorrerle con sus ejércitos si le era necesario para conseguirlo, ya fuera porque alguna otra potencia tratase de impedírselo o porque existiera alguna resistencia interna en alguno de esos dominios que le correspondía heredar. Por tanto y en este anterior supuesto, la posición de Luis XIV era inmejorable. Bloqueados ingleses y neerlandeses por el Tratado de Partición, nada ni nadie podría impedir al monarca francés el apoderarse de los territorios que le correspondían a su primogénito según el pacto que había acordado con ellos; ni siquiera el emperador austriaco, Leopoldo I, que despojado de la ayuda de neerlandeses e ingleses no disponía de capacidad suficiente en solitario como para enfrentarse de una manera global a los ejércitos de Luis XIV. Sin duda era poco verosímil, después de tantas décadas de conflictos permanentes con Francia, que Carlos II decidiese finalmente entregar su herencia a un miembro de la Casa de Borbón y menos, si cabe, detrayéndola de la Casa de Habsburgo, su ancestral y querida familia, aunque fuera depositándola en algún miembro de la rama austriaca de la misma. No obstante, en el último lustro del siglo XVII, había habido un progresivo distanciamiento y las relaciones con Viena no habían sido todo lo satisfactorias que desde Madrid se esperaba. Se reprochaba a la cancillería austriaca su actitud de tibio apoyo a los intereses y necesidades de la Monarquía Hispánica; una reprobación que ya venía de lejos, pero que se había hecho más latente en los últimos tiempos, especialmente durante la guerra finalizada en 1697. También se censuraba la altanería y prepotencia con que se comportaban los representantes imperiales en la Corte madrileña frente a sus interlocutores españoles, dando por hecho que el testamento del monarca les tenía que favorecer por derecho y que se convertirían en los nuevos amos del Imperio español; un talante materializado en la actitud soberbia y engreída del proceder de los miembros germánicos de la Real Casa de la Reina, María Ana de Neoburgo —incluido el de la propia reina consorte— así como la de algunos de los personajes extranjeros que formaban parte del cuerpo diplomático imperial y del núcleo principal de los partidarios de la sucesión austríaca en Madrid. Finalmente, Carlos II falleció el uno de noviembre de 1700 y una vez conocido su testamento —en el que nombraba heredero universal de toda la Monarquía Hispánica al duque de Anjou, Felipe de Francia[xv], nieto de Luis XIV y de su primera mujer, la infanta española María Teresa de Austria— no tardó el monarca francés en poner en marcha sus planes con respecto al futuro. Por muy improbable e increíble que pudiera parecer, fuera como fuese, la realidad es que, después de muchas dudas, incertidumbres, consultas y avatares, llevadas al límite hasta el último momento, Carlos II testamentó en favor de la Casa de Borbón; haciéndolo en un pliego de últimas voluntades tan elaborado como polémico, influenciado sin duda por el contenido conocido del último Tratado de Partición que habían acordado ocho meses antes franceses, ingleses y neerlandeses. Lo cierto es que la decisión de Carlos II fue recibida con gran sorpresa en todas las cancillerías europeas, incluso con incredulidad y estupor en alguna de ellas. No obstante, la gran cuestión de futuro que surgía ahora con más preocupación en todas ellas no era otra que conocer la reacción que ante tal desenlace testamentario iba a tener Luis XIV: ¿aceptaría el monarca francés la herencia asignada en el testamento de Carlos II a su nieto?; o, por el contrario, se acogería a lo pactado con Inglaterra y los Estados Generales de las Provincias Unidas de los Países Bajos en el Tratado de Partición de Londres, firmado con ellos tan sólo ocho meses antes. Nada más fallecer el monarca español y una vez conocido el contenido de su testamento de una manera oficial, el monarca francés reunió a su Consejo Privado[xvi] para plantear la cuestión a dilucidar; aunque no fuera más que una simple formalidad para guardar las apariencias y contentar a su entorno más inmediato. Conociendo la personalidad y la trayectoria política del personaje, la decisión que iba a adoptar el monarca francés, sobre la herencia de la totalidad de la Monarquía Hispánica que Carlos II le había ofrecido a un vástago de su dinastía en sus últimas voluntades, era más evidente de lo que pudiera parecer y no se haría esperar. Continuará…….     Nota. El testamento de Carlos II constituye un documento excepcional, con un trasfondo político e institucional bastante más complejo de lo que a primera instancia pudiera parecer. En él, el monarca español nombraba en primera opción como heredero universal de todos sus dominios a Felipe de Anjou y no a su padre, el Delfín de Francia; un matiz esencial para entender el contenido político de las últimas voluntades de Carlos II. Un análisis sobre ese testamento será abordado en profundidad en posteriores artículos, complementando así la serie dedicada a los antecedentes y preliminares a la Guerra de Sucesión Española.         [i] Un acuerdo que habían establecido tan sólo un año y medio antes [ii] En el que se invitaba a adherirse a él al Emperador y a las otras cancillerías, pero a posteriori [iii] Una vez fuera de la ecuación sucesoria el príncipe José Fernando de Baviera [iv] Hombre de confianza de Leopoldo I desde los tiempos en que el Emperador era tan sólo archiduque de Austria [v] Sucesor de su padre como embajador de Viena en Madrid entre los años 1698 y 1700. [vi] En compensación por la pérdida de los ducados de Lorena y Bar en favor del delfín de Francia [vii] Carlos Enrique de Lorena, Príncipe de Vaudemont y de Commercy, nombrado Gobernador desde 1698 del ducado de Milán por Carlos II, era hijo del que fuera duque de Lorena Carlos IV (1637-1690); siendo primo segundo del duque Leopoldo I de Lorena, titular en ejercicio del Ducado desde 1697 (después de la Paz de Ryswick). [viii] En el cuadro posterior se esquematizan para su comparación las asignaciones hereditarias que en los tres tratados de partición se establecen para las dos dinastías enfrentadas en la sucesión a la Monarquía Hispánica. [ix] Las tres a la vez y en este orden. [x] Cuyo vasto imperio le era imposible defender en su totalidad. [xi] Al alcanzar su mayoría de edad, que se produjo en septiembre de 1651. [xii] Que así era reconocido y nombrado Henri d’Harcourt, aunque el verdadero titular del marquesado fuera su padre, que todavía vivía. [xiii] Muy bien secundado por su mujer, Marie Anne Claude Brulart de Genlis. [xiv] Los Grandes de España. [xv] Que ocupaba el tercer lugar en la línea de sucesión al trono de Francia: tras el Delfín de Francia, su padre; y el duque de Borgoña, su hermano mayor. [xvi] Constituido por el Delfín, el duque de Borgoña (hijo mayor del Delfín y hermano de Felipe de Anjou), el canciller Pontchartrain, el duque de Beauvilliers, los marqueses de Pomponne y de Torcy, Mr. de Chamillart y madame de Maintenon (casada morganáticamente con Luis XIV en 1683).

Los asedios de Lleida. La campaña de socorro de 1646

Los asedios de Lleida

La campaña de socorro de 1646

La batalla de San Lorenzo y la caída de Balaguer eliminaron de golpe el grueso del ejército felipista que derrotó a los franceses el 1644. La pérdida de cinco tercios completos en la batalla y la rendición de miles de hombres en la ciudad de la Noguera habían reducido en más de un 50% los efectivos españoles. Dada la situación, 1646 se presentaba nefasto para la causa de Felipe IV y el frente catalán se sumaba al flamenco dentro de la serie de desastres militares que oprimían la monarquía hispánica. El día 10 de mayo, poco antes del inicio formal del asedio de Harcourt sobre Lérida, una carta de Luis Menéndez de Haro nos ofrece una imagen muy aproximada del desastroso estado del ejército de Cataluña. Según el ministro únicamente se disponía de las guarniciones. Sin ejército, dinero ni víveres era prácticamente imposible oponerse al avance del conde de Harcourt. En su reveladora carta, Haro se muestra pesimista ante la posibilidad de enviar ayuda en la capital de Poniente. Según él harían falta 12.000 hombres de pie y 4.000 caballos para esta misión, y a Aragón tan solo había 5.000 de infantería y 3.000 de caballería. Aunque se hubiera tenido conocimiento exacto de las intenciones de Harcourt no se habría podido reaccionar. Además de la carestía de medios, el ministro castellano planteó otra serie inconvenientes estratégicos que había que tener en cuenta en caso de enviar una expedición de auxilio. Si avanzaba un ejército hacia Lérida, un contraataque francés contra Torres de Segre o la Granja de Escarpe lo tendría bastante fácil para dejarlo copado. Pero, por otro lado, la situación no era del todo desesperada si con las fuerzas disponibles se aprovechaban al máximo las ventajas. Aunque la coyuntura general del frente era precaria, la ciudad de Lérida se encontraba muy defendida y con posibilidades de resistir un asedio prolongado. Como que creía probable que el objetivo francés fuera la capital leridana (dos días después su previsión se cumplió), y dada la escasez de medios propuso reforzar el frente con el que tenía y esperar la llegada de refuerzos que permitieran afrontar los socorros. Haro destinó 3.000 hombres para la defensa de Fraga, población fundamental para las futuras operaciones. Reforzó Mequinenza con 500 hombres y envió a Ager los 400 napolitanos de don Pedro de Orellana. A pesar de esto, consideraba que su línea defensiva era demasiada débil, por lo cual pidió que le enviaran urgentemente unos 3.000 soldados de refuerzo. Cómo sabemos, el día 12 Harcourt puso asedio a la capital ilerdense sin que las debilitadas fuerzas felipistas le supusieran ningún peligro. La favorable situación estratégica del frente lo indujo, dadas las dificultades de un asalto, a rendir la plaza por hambre, por lo cual destinó casi todos sus recursos a la construcción de un enorme sistema de trincheras alrededor de la ciudad. Este costoso trabajo de ingeniería fue interrumpido por la guarnición de la ciudad en la medida de sus posibilidades y a estos hostigamientos se unió Leganés (que volvía a disfrutar de la confianza real), a pesar de sus limitaciones. La llegada de Leganés supuso una reactivación del desmoralizado ejército felipista. Nada más conseguir el Conde de Harcourtcargo de capitán general de Cataluña se espabiló para molestar Harcourt sin tenerse que arriesgar se mucho. Al final del mes ordenó atacar Montblanc desde Tarragona, puesto que esta zona estaba desprotegida dada la masiva afluencia de tropas hacia Lérida. La pérdida de Montblanc habría suponer un serio revés, por lo cual Harcourt envió rápidamente el mariscal de Saint-Colombe con algunos regimientos para socorrer la población. Poco antes de la llegada de los refuerzos franceses, el destacamento comandado por Tutavila se retiró a Tarragona sin combatir. La maniobra de diversión aligeró la presión sobre la ciudad asediada por unos días y casi no tuvo repercusiones, pero Leganès demostró que todavía tenía suficientes fuerzas para molestar a Harcourt. A pesar de estos esfuerzos, el día 1 de junio el comandante francés volvió a dejar claro quién controlaba la situación. El caballero de La Valière tomó Alguaire con 500 soldados de infantería y capturó 120 prisioneros. Esta acción ayudó a completar el aislamiento de Lérida. Marqués de Leganér. Por Van Dyck. Durante los cuatro meses siguientes Leganés se dedicó a reunir hombres, pertrechos y dinero para acometer a los franceses. El marqués quería evitar los errores de la desastrosa campaña de 1642, por lo cual decidió esperar hasta tener los efectivos necesarios. En un primer momento tuvo muchos problemas para agrupar sus fuerzas, especialmente las de infantería. En una relación datada el 16 de agosto se comprueba que tan solo se habían podido juntar 16 tercios y regimientos muy menguados de efectivos (6.002 hombres). Respecto a la caballería todo iba mucho mejor puesto que el 9 de agosto ya había 3.391 jinetes. Gracias a este planteamiento, y a diferencia de su anterior ofensiva, el ejército que se estaba agrupando era veterano, dejando a las milicias un papel secundario. De los 26 tercios que se reunieron, 12 eran españoles viejos (cuatro de infantería de marina), 8 de naciones, también viejos, aunque con efectivos muy menguados, y 6 de milicias (4 de Aragón, 1 de Navarra y 1 de León); todas estas fuerzas sumaban más de 12.000 soldados de pie útiles. La caballería estaba formada por veteranos encara en mayor cantidad que la infantería. El septiembre de 1646 Leganés envió en el combate 3.500 de estos hombres encuadrados dentro de 11 regimientos. Cómo vemos, al final de septiembre los felipistas se habían recuperado y habían conseguido reunir un ejército capaz de romper el asedio. Pero la dificultad de la operación era todavía enorme. Poco antes de la ofensiva, la Junta de Guerra de Cataluña se reunió para estudiar un informe elaborado por don Fernando de Contreras que analizaba las defensas galas y planteaba una serie de alternativas para el levantamiento del sitio. Básicamente se exponían dos planes. El primero consistía a evitar la plaza y adentrarse en el Urgell, tomando todos los pueblos importantes de la comarca creando de este modo un escudo para cortar la línea de suministros que abastecía a los asediadores. Este plan estaba inspirado en una carta de Brito que recomendaba atacar Cervera donde según todos los indicios los franceses tenían la base logística. Si la maniobra tenía éxito se conseguiría el socorro siendo necesidad de combates importantes. Pero según Contreras los problemas que implicaba esta operación eran bastante graves. El mayor inconveniente era la duración de la campaña. Era conocido que los ejércitos menguaban cada día, víctimas de las deserciones y las enfermedades. Además, los problemas logísticos serían muy importantes, tanto por la dificultad de los abastecimientos (Se tendrían que hacer llegar desde Tarragona) y la escasez de recursos en la retaguardia, como por la imposibilidad de mantenerse sobre el terreno a causa de las circunstancias políticas. Si los franceses resistían el tiempo suficiente, Leganés encontraría su ejército diezmado e incapaz de atacar. La otra posibilidad era enfrentarse directamente con Harcourt al empezar la ofensiva, cuando el ejército felipista estuviera al máximo de efectivos. Esta vez, el inconveniente venía de la fortaleza de las posiciones francesas, con el miedo añadido de una derrota similar a la de la batalla de las Forcas  (Quatre Pilans). Este informe fue discutido por el alto mando hispano, pero no se llegó a ninguna decisión, tan solo escogieron el día de inicio de la ofensiva. Así, a las cuatro de la tarde del 30 de septiembre, el marqués de Leganés con algunos tercios se puso en marcha en dirección a Soses. La madrugada del día 2 de octubre se juntó el duque del Infantado con la caballería y el maestro de campo general don Francisco de Tutavila con el resto de la infantería en una llanura próxima a la localidad, donde se hizo una gran parada militar entre los vítores, pífanos y tambores de rigor, que de forma simbólica iniciaba la ofensiva. A continuación, se envió a don Pablo de Parada con el regimiento de la Guardia Real a ocupar el pueblo abandonado de Soses, mientras lo seguía todo el ejército en orden de batalla. Una vez reconocido el lugar, se prosiguió la marcha hacia Torres de Segre. Allá los ingenieros montaron un puente de barcas por consejo de los dos maestros de campo generales Saabach y Tutavila, que resultó inadecuado para el paso de todo el ejército por el mal sido de los materiales con que se construyó. El cruce del Segre se realizó finalmente por el puente y por un vado próximo. Por estas razones el paso duró dos días, hasta que la mañana del día 5 la columna recuperó la marcha hacia su siguiente objetivo, Sudanell. El día siguiente llegó a Albatàrrec, desde donde el grueso de las tropas avanzó hasta las inmediaciones de Lérida, desde donde se recibió a los recién llegados con una salva real de artillería y mosquetería. Mientras se realizaban estos actos protocolarios, una nutrida representación de la alta oficialidad felipista fue enviada a reconocer el dispositivo francés bajo el resguardo de dos mil jinetes. La exploración se llevó a cabo sin demasiados sustos y tan solo tres compañías de caballos llegaron a enfrentarse con un destacamento francés. Cuando volvieron todos los oficiales, cada uno de ellos presentó un informe al marqués que en la mayoría de los casos mostraba reticencias a un intento de asalto. Las noticias que llevaban eran peores del que se esperaba. La línea de Harcourt era mucho más impresionante de lo que se suponía por informes anteriores, y lo peor del caso era que los soldados franceses parecían preparados para rehusar cualquier intento enemigo. Después de estudiar todos los inconvenientes que se presentaban, el marqués decidió llegar a una solución de compromiso. En un primer momento se evitaría atacar y se intentaría aislar los franceses ocupando su retaguardia en el Urgel. Si la operación no conseguía forzar la evacuación enemiga, se acometería contra la línea antes de que el ejército se debilitara demasiado. Con la esperanza que la ocupación de su retaguardia fuera suficiente para que Harcourt se retirara, el ejército felipista se dirigió hacia las Borjas Blancas. La plaza se rindió sin resistencia en vista de las promesas de ofrecer un buen trato a los aldeanos y, sobre todo, de pagar religiosamente los víveres que se llevaran. El ejército se comportó con prudencia obedeciendo la orden del rey para evitar el recelo de la escarmentada población civil. Aquellos que no obedecieron recibieron las consecuencias, e incluso se llegó a ejecutar los soldados que habían cometido excesos con los vecinos. En las Borjas, Leganés estableció su cuartel general y desde allá se iniciaron las operaciones de ocupación de los pueblos de los alrededores. En primer lugar, envió don Alonso Vilamayor con su tercio y el Viejo de Zaragoza a capturar Castelldans. Allí un clérigo organizó la defensa y resistieron algunos días, hasta que la llegada de la artillería forzó su rendición. Los tercios de la Guardia Real y de Galeones tomaron al asalto Arbeca en tan solo un día. Una vez asegurados ambos lugares, el grueso del ejército levantó el campamento de las Borjas y se dirigió a Bellpuig, donde los vecinos no tomaron armas y rindieron el pueblo, a excepción del castillo que estaba guarnecido por soldados franceses, los cuales resistieron hasta el día siguiente. Una vez eliminada toda resistencia se volvió a levantar el campamento para iniciar la siguiente fase del plan. Campaña 1646 El nuevo objetivo era Tàrrega, donde tampoco hubo lucha. En esta ciudad se instaló el cuartel general de Leganés, que se convirtió en la base de operaciones del ejército hispano. Desde allá marchó Tutavila con el tercio de Zaragoza y la caballería de las Órdenes a recoger un importante convoy que venía de Tarragona. Mientras tanto, Leganés continuó su avance y envió don Tiberio Brancaccio con una columna formada por los tercios de Villalva y Galeones a asediar Agramunt. El pueblo accedió a capitular gracias a la actuación del caballero catalán Gabriel de Lupià, que consiguió hacer estallar la puerta de la muralla con un petardo (depósito de madera lleno de pólvora con anclajes diseñado para ser enganchado a las puertas de las fortificaciones y hacerlas estallar). Después de dejar una pequeña guarnición comandada por el teniente coronel Cojo, el grueso de la tropa se dirigió al castillo de Montclar que fue ocupado sin muchos problemas dejando como Agramunt, un pequeño pelotón formado por migueletes. Con toda el área controlada, el estado mayor se replanteó el objetivo inicial de atacar Cervera, puesto que la ciudad había recibido refuerzos considerables durante los últimos días. La escasez de tropas de maniobra hacía poco recomendable su asalto, puesto que gran parte del ejército estaba guarniendo las nuevas conquistas. Después de deliberar largamente, la Junta de Guerra sustituyó Cervera por Ponts, donde se suponía que había almacenados gran cantidad de abastecimientos que mejorarían la precaria situación logística felipista. La necesidad de suministros se agravó con la táctica de tierra quemada empleada por Harcourt, el cual envió escuadrones de caballería por toda la comarca con la orden de destruir todos los molinos. Con todo, hasta aquel momento la ofensiva había sido un paseo militar y las comunicaciones francesas estaban prácticamente cortadas. Para el ataque en Ponts, y a causa de la importancia del objetivo, se destinó un importante contingente de tropas. El comandante de estas sería Tutavila, el cual dispondría de los soldados de la Guardia, del tercio de Vilamayor, de los valones de Waldestrach, del tercio de Zaragoza y de los tres tercios de milicia aragonesa. Al asaltarla, la ciudad cayó, a pesar de su guarnición de 1000 hombres. Aquella parte del ejército se alojó en el pueblo durante unos días, y después marcharon hacia su base de Agramunt donde un molino que había conseguido resistir a la destrucción era el único en buenas condiciones de todo el ejército en campaña. Con la captura de Ponts se paró el avance felipista. La segunda parte del plan consistía a estar alerta y evitar la entrada de convoyes dentro de la línea francesa. Al comienzo todo parecía ir bien, puesto que una caravana que llevaba 150 acémilas fue capturada cerca de Torrebesses por la caballería de Borgoña y por la infantería del coronel Luis Mestre. En la operación cayeron prisioneros 2 condes y 100 soldados. Después de este pequeño desastre, los franceses cambiaron de táctica y abandonaron el uso de convoyes pequeños. En las montañas de Prades se reunieron, por orden de Harcourt, gran cantidad de carros cargados de suministros que formaban un convoy diez veces superior al capturado en Torrebesses. Cuando detectó la presencia de esta gran columna, Leganés ordenó al duque del Infantado salir a su encuentro con toda la caballería disponible. Además, envió dos tercios de infantería, uno de aragoneses y el de Vilamayor, a juntarse con el duque. Las únicas tropas que se encontraban en la zona del paso del convoy eran las del barón de Butier, que por sí mismas no tenían bastante fuerza para afrontar la escucha francesa. Cuando finalmente el barón contactó con el convoy, este estaba entrando en la circunvalación. Harcourt había conseguido romper el bloqueo, lo cual volvió a hacer utilizando el mismo método días más tarde, pero saliendo esta vez desde Balaguer. En aquel momento de la campaña su fracaso era bastante evidente, y ni siquiera se había conseguido promover el levantamiento felipista que algunos de los consejeros de Leganés le habían asegurado. Ahora tan solo quedaban dos alternativas lógicas, atacar Harcourt o dar por fracasada la campaña.

La Guerra de Sucesión Española, ¿una guerra inevitable? Los Tratados de Partición (Tercera Parte)

La Guerra de Sucesión Española, ¿una guerra inevitable?

Los Tratados de Partición (Tercera Parte)

  Por Pablo Fernández Lanau – 31 de octubre, 2022. Treinta años después de la firma del Tratado de Partición de Viena, acordado entre Luis XIV y Leopoldo I en 1668, el monarca francés llegaba a un acuerdo con su homólogo británico, Guillermo III, y con los representantes de los Estados Generales de las Provincias Unidas de los Países Bajos, para impulsar primero y firmar después, el 11 de octubre de 1698, un nuevo Tratado de Partición. El tratado establecería un nuevo pacto entre potencias europeas para el reparto de los territorios de la Monarquía Hispánica a la muerte de Carlos II, si ésta se producía sin haber logrado el monarca español tener descendencia legítima. Quedaba ya muy lejano el viejo acuerdo al que Luis XIV había llegado con Leopoldo I tres décadas antes y, además, muchos acontecimientos se habían producido desde entonces. El último de todos, en una fecha muy reciente[1], la firma del Tratado de Paz de Ryswick, que había puesto fin a la postrera guerra que el propio monarca francés había emprendido en 1688, al invadir y atacar con su ejército el Palatinado, tratando de anexionar un nuevo territorio a su obsesivo proyecto de Monarquía Universal francesa. En esta ocasión la agresión se dirigía a un territorio del Imperio, utilizando para ello una de sus justificaciones favoritas, como lo fue en aquel momento la defensa de los supuestos derechos hereditarios y patrimoniales de su cuñada, la princesa Isabel Carlota del Palatinado, segunda esposa de su hermano menor, Felipe de Orleans. Pero Luis XIV no se detuvo aquí, ya que, a partir de 1689 y en años sucesivos, el monarca francés continuó la expansión del conflicto bélico, atacando consecutivamente Saboya, Flandes y Cataluña; a lo que habría que añadir también, su intromisión armada a partir de 1689 en Irlanda, en apoyo al depuesto rey inglés, el católico Jacobo II Estuardo. En otro orden de asuntos es necesario reseñar que, anteriormente, en las dos décadas que prosiguieron a la mayoría de edad de Carlos II, las maquinarias diplomáticas y las maniobras dinásticas, tanto por parte de los austríacos como de los franceses, se emplearon muy a fondo en Madrid con el objetivo de intentar decantar hacia sus respectivos intereses los designios de la Monarquía Hispánica. Primero fue Luis XIV el que en 1679 consiguió promover y colocar a una sobrina suya como consorte del rey español. La joven, María Luisa de Orleans, era la hija mayor de su hermano menor, el antes mencionado Felipe de Orleans, y de su primera esposa, la princesa Enriqueta Ana, hija menor del rey Carlos I de Inglaterra. El matrimonio entre Carlos II y María Luisa fue concertado tras el Tratado de Paz de Nimega de 1678 y duró poco más de diez años. La joven reina falleció en 1689 con tan sólo 26 años de edad (parece ser que de apendicitis), sin haber dado descendencia a Carlos II y a la Monarquía Hispánica; una circunstancia cuya consecuencia inmediata fue que la cuestión sucesoria volvió a reavivarse. En el mismo año de 1689, a los pocos meses de producirse el fallecimiento de María Luisa de Orleans, fue Leopoldo I de Austria el que movió ficha, logrando instalar en el trono de la Monarquía Hispánica, como nueva consorte de Carlos II, a la princesa María Ana de Neoburgo, hija del Elector del Palatinado-Neoburgo (feudo Imperial) y, sobre todo, una de las hermanas casaderas de su tercera y vigente esposa, la emperatriz austríaca, Leonor Magdalena de Neoburgo. Con ello trataba el Emperador de garantizarse una mayor influencia en la Corte de Madrid, manteniéndose a la expectativa por lo que pudiera acontecer, cerrando ese acceso a la Casa de Borbón e intentando obtener una posición de ventaja frente a las opciones sucesorias. Para la Monarquía Hispánica, además, la entonces princesa María Ana de Neoburgo era una buena candidata al matrimonio con Carlos II, ya que en base al histórico genealógico de la princesa palatina (fundamentalmente debido a sus ascendentes femeninos de la rama Hesse-Darmstadt, como su madre), las mujeres de su familia habían tenido una gran fecundidad en los matrimonios que habían contraído; por lo que cumplía con uno de los objetivos que se pretendían alcanzar mediante este enlace, quizás el principal, que no era otro que el asegurar la descendencia del monarca español, algo que preocupaba profundamente en la Corte madrileña. Habida cuenta de que en ese 1689, todavía vivía la Reina madre, Mariana de Austria (hermana de Leopoldo I), el acceso a los intereses franceses en el entorno del monarca español en Madrid quedaba bloqueado, reducido tan sólo a la actividad desarrollada por el cuerpo diplomático y a las relaciones interpersonales de los distintos enviados de Luis XIV al centro neurálgico de la Monarquía Hispánica; unas relaciones que, por cierto, estaban muy enturbiadas y deterioradas en aquellos tiempos de guerras permanentes. A priori, los intereses austríacos podían tener ahora diversos interlocutores ante Carlos II, tanto por parte de su madre, hermana de Leopoldo I, como por su mujer, la reina consorte, María Ana de Neoburgo, hermana de la emperatriz austriaca. No obstante, desde el punto de vista español, el matrimonio en 1685 de María Antonia de Austria, nieta de Mariana de Austria e hija de Leopoldo I y de su sobrina Margarita (hija de Mariana), con el Elector de Baviera (Emanuel Maximiliano II), introdujo la posibilidad de un factor bávaro en la ecuación sucesoria hispánica; hecho que tomó una relevancia definitiva y que se consolidó con el nacimiento en 1692 del príncipe José Fernando de Baviera (hijo de María Antonia y de Maximiliano). Este acontecimiento cambió sustancialmente la situación en cuanto a la defensa de los intereses del emperador Leopoldo I y de la rama austríaca de los Habsburgo en Madrid; pues a partir de ese momento, la Casa bávara de Wittelsbach, histórica rival de la Casa de Habsburgo al solio del Sacro Imperio Romano Germánico, entraba con pleno derecho a competir por la sucesión a la herencia de Carlos II. Como ya se ha comentado anteriormente, en 1688, un año antes del fallecimiento de la reina María Luisa de Orleans, había estallado una nueva guerra, iniciada por Luis XIV y conocida historiográficamente como la Guerra de la Gran Alianza o Guerra de los Nueve Años). Así pues, durante nueve largos años la poderosa maquinaria de guerra del monarca francés, con un ejército permanente, tanto terrestre como marítimo, de más de cuatrocientos mil efectivos, entró en colisión con los ejércitos del resto de mandatarios europeos de sus territorios vecinos. Unidos en la Gran Alianza de Augsburgo, Luis XIV tuvo que enfrentarse en esta ocasión a todos a la vez. Luchó enconadamente contra absolutamente todos (el Imperio, el ducado de Saboya, los Estados Generales, Inglaterra, España, Suecia, Baviera, Brandeburgo, Sajonia y Portugal) tanto por tierra como por mar; en este último caso, combatiendo contra las flotas de todos los países aliados, principalmente, contra las de las potencias marítimas emergentes, Inglaterra y los Estados Generales de las Provincias Unidas. Así pues, desde dos años antes del comienzo de la última década del siglo XVII, la práctica totalidad de las cancillerías de la Europa occidental se vieron inmersas en una nueva guerra provocada por el rey francés; de tal manera que, nueve años más tarde, llegados al año 1697, el cansancio general era muy constatable. Además, algo había cambiado con respecto a décadas anteriores, ya que el conflicto bélico no había tenido los mismos efectos que en el pasado reciente, pues a pesar de haber conseguido algunas conquistas, los ejércitos de Luis XIV no habían logrado imponerse a sus rivales con la misma autoridad, contundencia y determinación que lo habían hecho en décadas precedentes. Sin embargo, lo que sí se había producido en el transcurso de los años era un efecto de extenuante agotamiento generalizado en todos los contendientes, después de tanto tiempo de permanentes enfrentamientos armados[2]. A esta situación de debilidad contribuían especialmente unas arcas públicas vacías y exhaustas tras las ingentes cantidades de dinero empleadas en interminables campañas militares, así como la situación de extrema precariedad de una población empobrecida a base de impuestos para costearlas; a lo que había que añadir unas relaciones comerciales muy dañadas y mermadas a causa de la guerra. A fuerza de ser pragmáticos, podría concluirse que la ocasión era óptima para detener la guerra e intentar rehacerse de los efectos de la misma, ya fuera por un periodo de tregua temporal o mediante un tratado de paz de más larga duración. De una forma imprevista y sin antecedentes que pudieran predecir lo que iba a suceder, el primero en dar un paso en esta dirección fue Luis XIV. Después de tantos años de guerra, el interés del monarca francés por alcanzar un acuerdo de paz fue en general bien recibido, especialmente por parte del rey inglés Guillermo III y por las Provincias Unidas de los Países Bajos; aunque suscitaba algunas reticencias y recelos, dados los antecedentes que habían caracterizado la acción de gobierno de Luis XIV en las décadas precedentes. No obstante, una vez quedó patente, en el transcurso de las negociaciones preliminares protagonizadas por el mariscal Boufflers y el conde de Portland, que el monarca francés parecía mostrarse en esta ocasión muy conciliador y dispuesto a hacer bastantes concesiones, proponiendo incluso el desprenderse de una parte importante de los territorios de los que se había apropiado durante la guerra; ingleses y neerlandeses se avinieron a negociar. En este sentido, ya en 1696, Luis XIV había conseguido alcanzar un acuerdo de paz con el duque de Saboya, lo que le garantizaba el no tener que desviar recursos bélicos en esa dirección y socavar, de paso, la unidad del bloque de la Gran Alianza; objetivo, este último, el de dividir y enfrentar a sus adversarios entre ellos, que siempre barajaba el monarca francés en sus gestiones diplomáticas. En cualquier caso, por primera vez, el rey francés parecía dar muestras aparentemente sinceras y contrastables de estar seriamente dispuesto a iniciar un diálogo, estableciendo unas firmes y auténticas negociaciones de paz con sus oponentes. Como telón de fondo, sin duda, existía también una doble circunstancia que tuvo una especial incidencia en el cambio de postura de Luis XIV frente a la continuación o no de la guerra. Por una parte que, ya desde finales de 1696, era más que evidente, en base a todas las informaciones que llegaban desde Madrid, que Carlos II se encontraba en una fase de empeoramiento de su salud realmente definitiva, por lo que en no demasiado tiempo, quizás algunos meses o en unos pocos años, el desenlace de su vida se produciría inexorablemente; y, además, como hecho trascendente, era plausible que el monarca español, después de transcurridos ya siete años de infecundo matrimonio con su segunda esposa, fallecería muy probablemente sin descendencia legítima directa. Por otra parte, en 1696 se había dado a conocer el sentido del testamento que había decidido hacer el monarca español, designando como heredero universal de todos sus dominios al príncipe José Fernando de Baviera, un niño que por aquel entonces tenía apenas cuatro años de edad, hijo del elector de Baviera y nieto de la infanta Margarita de Austria[3], hermana de Carlos II y primera esposa del emperador Leopoldo I de Habsburgo. Si para todas las cancillerías europeas en general la posibilidad de dar por finalizada la guerra era muy bienvenida, lo era especialmente para el monarca francés, para el que había llegado el momento de terminar de finiquitar esta última guerra y ocuparse más directamente de la sucesión española; con el añadido de trasladar a sus contendientes una muestra de generosidad y de buena predisposición para establecer con ellos acuerdos para la paz, actitud que esperaba rentabilizar políticamente en un futuro inmediato. En Ryswick Luis XIV se desprendió de la mayor parte de los territorios conquistados por sus ejércitos durante los nueve años de guerra[4], devolviéndolos a sus anteriores dominios; obteniendo a cambio de ingleses y neerlandeses el beneficio de acordar la paz con ellos. La contrapartida para Guillermo III fue su reconocimiento como rey de Inglaterra por parte de Luis XIV y el abandono del monarca francés al apoyo que hasta ese momento había mantenido hacia el anterior rey inglés, Jacobo II, desentendiéndose de él en su pretensión de recuperar la corona inglesa; un reconocimiento de legitimidad que era muy importante para Guillermo III, pues, de alguna manera, cerraba la posibilidad de un cuestionamiento más que razonable de su entronización por la fuerza de las armas en 1688 en el solio de los Estuardo. Por su parte, los Estados Generales recobraban una cierta tranquilidad y seguridad ante la amenaza anexionista francesa, al establecerse en Ryswick de nuevo su participación y colaboración en las guarniciones defensivas de algunas de las plazas de barrera de los Países Bajos españoles. En cuanto al resto de los aliados; el pacto alcanzado por los tres, forzó, de una manera u otra, a que tanto el emperador austríaco como el monarca español tuvieran que adherirse al Tratado de Paz, una vez acordado éste por parte de franceses, ingleses y neerlandeses. Los demás miembros de la Gran Alianza, con una implicación y afectación menor en la guerra, también hicieron lo mismo. Despejado así el futuro inmediato de conflictos bélicos que dilucidar, la siguiente incógnita de gran calado a plantear en el ámbito de las relaciones diplomáticas europeas era la cuestión sucesoria de la Monarquía Hispánica, ya que era un tema de capital importancia para el balance de fuerzas entre las diferentes potencias del viejo continente. El asunto tenía, además, una dimensión no menor con respecto al comercio con los territorios de ultramar; un ámbito de interés económico y territorial en el que estaban concernidas e implicadas las principales cancillerías europeas, a excepción del Imperio, cuya presencia naval en el tráfico transoceánico y sus intereses territoriales fuera de Europa eran prácticamente inexistentes. Dando un paso más hacia la consecución de sus objetivos y como continuación al éxito que supuso para Luis XIV el conseguir acordar en septiembre de 1697 el Tratado de Paz de Ryswick, el monarca francés retomó la iniciativa, promoviendo e impulsando un nuevo tratado de partición de la Monarquía Hispánica: el Tratado de Partición de La Haya, concluido en octubre de 1698. En él, otra vez Francia, esta vez junto a sus recién estrenados aliados, socios y/o cómplices, Inglaterra y los Estados Generales de las Provincias Unidas de los Países Bajos, acordaban el reparto de los territorios de la Monarquía Hispánica a la muerte del monarca español sin descendencia, ajustándolo en parte al último testamento de Carlos II y a los intereses de los firmantes. Un nuevo Tratado de Partición de la Monarquía Hispánica se ponía así en marcha: el segundo después del de Viena de 1668. En cuanto al texto de este Tratado de Partición de La Haya de 1698, es importante señalar varios aspectos del mismo: -Se plantea el Tratado como una continuación más avanzada a lo conseguido en Ryswick, con el objetivo, según los firmantes, de prevenir circunstancias que puedan acarrear nuevas guerras en Europa. -El Tratado consta de quince artículos, en los que se desgranan tanto los motivos y justificaciones que se esgrimen para llegar a ese acuerdo, como las especificaciones que se comprometen a impulsar y garantizar todos juntos en el reparto que hacen de los dominios de la Monarquía Hispánica, ante el previsible fallecimiento en no mucho tiempo y sin descendencia de Carlos II. –Se asigna al Delfín de Francia, hijo del rey Luis XIV, la herencia de los territorios de la Monarquía Hispánica correspondientes a: los reinos de Nápoles y de Sicilia; el marquesado de Final, en la costa de Liguria; los Presidios de la Toscana y una parte de la isla de Elba, con su costa adyacente del Piombino; y la totalidad de la provincia de Guipúzcoa, con mención expresa de Fuenterrabía, San Sebastián y del puerto de Pasajes. –Se asigna al Archiduque Carlos de Austria, segundo hijo del emperador Leopoldo I, la herencia del ducado de Milán. –Se asigna al Príncipe Hijo mayor del Elector de Baviera la Corona de España, con todos los Reinos, Lugares Dependientes, Estados, Provincias y Plazas existentes en el presente, a excepción de lo consignado anteriormente para el Delfín y el Archiduque. -Se establece, además, la necesidad de la renuncia explícita de todos ellos[5], para siempre, a los derechos y pretensiones de las porciones territoriales y dominios de la Monarquía Hispánica asignadas en este tratado a los otros herederos; convirtiéndose los firmantes del tratado en los Garantes de la seguridad en el reparto. -También se especifica que en caso de rechazar este tratado el Emperador, el Rey de Romanos o el Duque de Baviera, y no adherirse al mismo, los territorios asignados serán gestionados en fideicomiso por los gobernadores actuales, bajo la dependencia fiduciaria de los dos monarcas firmantes del Tratado y de los Estados Generales, hasta que quienes lo tienen asignado en el Tratado o quienes decidan los signatarios del mismo se hagan cargo de ellos; impidiendo los firmantes que por la fuerza ninguno de ellos pueda tomar posesión de la parte y porción asignadas a los otros. -Fallecido el rey de España sin descendencia, los dos monarcas y los representantes de los Estados Generales se obligan a garantizar la toma de posesión de los territorios asignados a cada uno de los Príncipes en este tratado, haciendo todo lo posible y necesario para que cada uno de ellos pueda hacerse cargo de dicha posesión. También se comprometen a darles toda la asistencia y los socorros por Tierra y por Mar que sean precisos para reducir por la fuerza a aquellos que se opongan a la ejecución de la misma, asistiéndose los firmantes mutuamente en caso de ser atacados en el ejercicio de la ejecución de lo acordado en las cláusulas de dicho tratado. -El Tratado venía acompañado de cinco artículos secretos, así como de los plenos poderes en la negociación para el conde de Tallard y los negociadores ingleses y neerlandeses, añadiéndose al mismo la renuncia expresa a la Corona de España del Delfín de Francia. También se adjuntaban tanto la ratificación del Tratado por Luis XIV como el poder y la autorización del monarca francés a su hijo para ejecutar en su nombre todos los actos necesarios para el mismo propósito. Como puede verificarse, el reparto establecido en este Tratado de Partición de 1698 tiene pocas similitudes y bastantes características muy diferenciadas con el que acordaron en 1668 Luis XIV y Leopoldo I. Tratemos de analizarlo brevemente: La novedad más significativa y trascendente del Tratado, desde un punto de vista político e institucional, es el profundo cambio en los sujetos jurídicos beneficiarios de la herencia acordada en el reparto. En el Tratado de 1668 eran los propios titulares en ejercicio de ambas monarquías, Leopoldo I y Luis XIV, sobre los que recaía directamente la herencia, por lo que ésta pasaba a formar parte automáticamente del conjunto patrimonial de sus Coronas. Por el contrario, en este Tratado de 1698, la herencia no recaía directamente sobre los titulares de las coronas sino sobre descendientes de ellos, aunque con algunos matices que es interesante reseñar. Mientras el candidato a la herencia por parte de Francia era el hijo único legítimo de Luis XIV y, por tanto, primero en la línea sucesoria de su Corona; el de la herencia austriaca era el hermano menor de los dos hijos varones de Leopoldo I y, por tanto, segundo en el orden sucesorio de la corona austriaca, ya que el primero era su hermano mayor, José, el Rey de Romanos. También es de destacar el hecho de que en el Tratado de 1668 los beneficiarios del reparto son los dos firmantes del mismo, Leopoldo I y Luis XIV, Austria y Francia; mientras que en este de 1698, sólo uno de los firmantes, el delfín de Francia (por parte francesa), es directamente beneficiario de parte de la herencia repartida: los otros dos beneficiarios, el príncipe hijo del elector de Baviera y el archiduque Carlos de Austria (la parte bávara y austríaca), no participan en la elaboración del acuerdo ni en su firma; aunque en el propio texto del Tratado se les anime a adherirse al mismo, al igual que al resto de las cancillerías europeas. En este caso, Inglaterra y las Provincias Unidas, los otros firmantes de este Tratado, no reciben parte alguna en el reparto. Parece éste un hecho diferencial muy significativo entre los Tratados de Partición de 1668 y de 1698. Otra novedad muy importante de este nuevo Tratado es la aparición en el mismo, como heredero de una parte muy sustancial de la Monarquía Hispánica, del hijo del Elector de Baviera y Gobernador de los Países Bajos españoles, Enmanuel Maximiliano II. El pequeño príncipe José Fernando de Baviera, nacido en 1692, era el único hijo superviviente del matrimonio entre el Elector de Baviera (Maximiliano) y la archiduquesa María Antonia de Austria (hija del propio emperador Leopoldo I y de su primera esposa, la infanta española Margarita, hija a su vez de Felipe IV y de Mariana de Austria). Aunque no se le designe por su nombre propio en el texto del tratado, a diferencia del archiduque Carlos de Austria, el príncipe José Fernando aparece como el más favorecido en el reparto; hecho que sin duda viene relacionado con el testamento que en 1696 había realizado Carlos II en favor del príncipe bávaro y la voluntad de fomentar la falta de sintonía entre el Elector de Baviera y el Emperador austríaco, un hecho que trataba de potenciar Luis XIV para debilitar la cohesión entre sus potenciales rivales, lo que le permitía reforzar sus intereses. La herencia francesa sufre alguna variación, pero sigue siendo bastante equivalente en relación al Tratado de 1668. En este nuevo reparto pierde los Países Bajos españoles[6], sin contar el Franco Condado, que ya estaba anexionado a Francia desde el Tratado de Nimega (1678); pierde también las Islas Filipinas orientales y los lugares situados en las costas de África, así como el reino de Navarra y el puerto de Rosas; pero mantiene en la asignación su herencia de los reinos de Nápoles y de Sicilia; ganando en este nuevo Tratado el marquesado de Final, los Presidios de la Toscana y una parte de la isla de Elba, así como la totalidad de la provincia de Guipúzcoa. Sin embargo, en relación al anterior Tratado de partición, donde existe una mayor variación en el reparto entre ambos acuerdos es, sin duda, en la herencia austríaca, que queda reducida a tan sólo el ducado de Milán y sin ni siquiera darle salida al Mediterráneo a través de los territorios de los Presidios o de Final; despojándole, además, de la herencia de Cerdeña. La Casa de Habsburgo lo perdía prácticamente todo. Se podría afirmar que el gran damnificado desde un punto de vista hereditario en la partición asignada en este Tratado de 1698 no es otro que el emperador Leopoldo I; especialmente significativo si se tiene en cuenta que había sido el principal beneficiario del Tratado de Viena de 1668, con una ingente cantidad de territorios asignados para él en el texto del mismo, explicitado en el acuerdo que estableció entonces con Luis XIV. El monarca francés había conseguido un gran éxito diplomático. Mediante este Tratado de Partición de 1698, conseguía resquebrajar la unidad de la Gran Alianza de Augsburgo y consolidaba su reconocimiento como sujeto jurídico con derecho hereditario sobre los territorios pertenecientes a la Monarquía Hispánica por parte de las dos mayores potencias marítimas europeas del momento, contra las que combatía tan sólo un año antes; haciéndolo, además, en la figura de su heredero directo, su único hijo legítimo, el Delfín, depositario final de los derechos dinásticos de la Corona francesa. Si en 1668 Luis XIV había logrado de su rival, de Leopoldo I, el reconocimiento de que a él le correspondían también unos derechos sucesorios sobre la herencia patrimonial de la Monarquía Hispánica; ahora, treinta años después, conseguía también de Guillermo III de Inglaterra y de los mandatarios de los Estados Generales de las Provincias Unidas de los Países Bajos similar homologación; añadiendo a este logro el minimizar la porción de la herencia española que quedase asignada en el reparto directamente a la Casa de Habsburgo. Analizando el Tratado de la Haya puede comprobarse el intento de los firmantes de aparentar el ajustarse en parte a los designios del testamento elaborado por Carlos II. El Tratado en sí mismo es tan intolerable como lo fue el de 1668, pues es también una intromisión inaceptable e inasumible en la soberanía española, aunque en la ocasión anterior no fuera hecho público por los firmantes y se mantuviera en secreto en las cancillerías francesa y austríaca. Es además un Tratado ilegítimo, como también lo fue el anterior, ya que la sucesión a la Monarquía Hispánica debía dilucidarse en base a las leyes sucesorias existentes en España, no por los pactos a los que pudieran llegar otras potencias. Por si esto fuera poco, en el texto del tratado se desintegraba la Monarquía Hispánica en pedazos, hecho que parecía más una provocación para irritar al rey español y a la Corte de Madrid que algo verosímil, sabiendo de antemano que era del todo impropio e inaceptable. Sin embargo, no es menos cierto, que el texto del Tratado le da una preponderancia significativa en el reparto al elegido como heredero por el monarca español en su testamento, como acto de condescendencia milimétricamente estudiado por Luis XIV en refuerzo de las intensas gestiones diplomáticas que, ya desde los meses previos a la paz de Ryswick, realizaban sus embajadores en la Corte de Madrid, en beneficio de los intereses dinásticos de la Casa de Borbón sobre la anhelada herencia española. En cualquier caso, su recorrido para poder ser tenido en cuenta, aunque sólo fuera mínimamente, era inexistente, al no garantizar el mantenimiento de la integridad territorial de la herencia de la Monarquía Hispánica. Como era de esperar, una vez se tuvo conocimiento público de la existencia del Tratado de Partición de La Haya de 1698 y el contenido del mismo, tanto en la Corte de Madrid como en la de Viena la indignación, el rechazo, los reproches y las protestas oficiales a nivel diplomático no se hicieron esperar; no adhiriéndose al Tratado ninguna de las dos cancillerías. Lo más hiriente del tema estaba en constatar cómo tanto ingleses como neerlandeses, dos de los aliados de España en la guerra que acababan de finalizar unos meses antes contra Francia, se habían puesto de acuerdo con Luis XIV para desmembrar la Monarquía Hispánica si Carlos II moría finalmente sin descendencia. La fiabilidad de los dirigentes de Inglaterra y de los Estados Generales de los Países Bajos quedaba manifiestamente en entredicho. Aunque los motivos de ambas negativas eran bien distintos[7], ninguno de los Habsburgo se avino a tomar el Tratado en consideración, aunque se dieran por enterados de su existencia. No obstante, habida cuenta que Carlos II todavía seguía con vida, la partida por la herencia de la Monarquía Hispánica continuaba vigente; de tal manera que nuevas situaciones y circunstancias sobrevenidas en no mucho tiempo podrían, llegado el caso, venir a introducir modificaciones importantes para la resolución final del ya inminente desenlace del conflicto sucesorio. Y, efectivamente, así sucedió. En no demasiado tiempo, la fuerza del destino aportó una nueva variante en el tablero de la Historia. El 6 de febrero de 1699, a la edad de 6 años, tres meses y ocho días, fallecía en Bruselas repentina y prematuramente, entre terribles vómitos y cólicos, el príncipe José Fernando de Baviera; afectado por una inflamación gastrointestinal y la infección resultante de la misma, que se extendió rápidamente por todo su organismo, llegando incluso a desembocar en una gravísima meningitis aguda; una situación que le produjo finalmente un fallo cardiovascular que le llevó a la muerte. Las verdaderas causas del modo en que contrajo la enfermedad el pequeño príncipe no se pudieron determinar con precisión por las limitaciones científicas de la época, ni fueron confirmadas con total seguridad por los médicos que le atendieron, lo que produjo serios conflictos diplomáticos en aquellas fechas: la teoría de la conspiración y de un posible envenenamiento comenzó a tomar cuerpo. Así pues, el padre de la criatura, Maximiliano II Enmanuel de Baviera, Elector de Baviera y Gobernador de los Países Bajos españoles, se negó a reconocer la causa natural de la muerte de José Fernando y mantuvo la postura de que existieron intereses políticos de alguno de sus enemigos, especialmente de los austriacos de la Casa de Habsburgo, tras la enfermedad y el fallecimiento de su hijo, buscando la eliminación de la Casa de Wittelsbach de la herencia de la Monarquía Hispánica. La sombra de la sospecha sobre la participación de agentes a sueldo de la cancillería austríaca en el no descartable magnicidio del pequeño príncipe comenzó a extenderse por diversas cancillerías, muy especialmente en la española, donde Maximiliano, como Gobernador de los Países Bajos españoles en ejercicio, tenía un gran predicamento. Sin entrar en especulaciones, pero admitiendo que no existe a día de hoy una certeza científica absoluta de que José Fernando de Baviera falleciese a causa de una enfermedad contraída de forma natural, cabría hacerse un par de preguntas muy pertinentes para una reflexión política y, sobre todo, histórica: ¿A quién perjudicaba la existencia de José Fernando de Baviera y su posicionamiento como futuro heredero total o parcial de la Monarquía Hispánica? Y, por el contrario, ¿A qué intereses beneficiaba su existencia? Reflexionen y establezcan posibles hipótesis. Finalmente, si no existen certezas concluyentes, la realidad de la política y de la condición humana nos enseña que casi todo es posible. En cualquier caso, especulaciones aparte, de lo que no cabe duda es que este lamentable e imprevisible hecho vino a trastocar el testamento que Carlos II había redactado en 1696 y ratificado en 1698, declarando en él a José Fernando de Baviera heredero universal de la Monarquía Hispánica. Por otra parte, el fallecimiento del príncipe bávaro también afectó gravemente al Tratado de Partición de 1698, firmado cuatro meses antes por Luis XIV y sus nuevos socios, Inglaterra y las Provincias Unidas; en donde la parte principal de la herencia hispánica recaía también sobre el mismo Príncipe. Así pues, la desaparición de esta manera tan dramática como inesperada del candidato bávaro a la herencia de la Monarquía Hispánica, hizo que a partir de ese 6 de febrero de 1699 el testamento de Carlos II y el Tratado de Partición de La Haya quedaran totalmente obsoletos. Mientras tanto, el estado de salud de Carlos II se iba deteriorando progresivamente, precipitándose inexorablemente hacia el abismo de un desenlace fatal no muy lejano, manifestado en un empeoramiento de su salud cada vez más evidente y alarmante. La sucesión de la monarquía española se encontraba de nuevo en ese año de 1699 frente a una encrucijada de compleja solución, totalmente bloqueada ante la debilidad e incapacidad del monarca, sometida a una presión especulativa y cada vez más patente interés ajeno, sin apenas capacidad de respuesta inmediata y casi en un punto muerto. Desaparecido José Fernando de Baviera, ¿en quién recaería la inmensa herencia de la sucesión a la Monarquía Hispánica? El conflicto sucesorio y las decisiones que en este sentido deberían emprenderse en los siguientes meses en la Corte madrileña, así como la respuesta del resto de cancillerías europeas que capitalizaban el interés mostrado en este asunto, deberían tomar un nuevo rumbo. Tras el luctuoso suceso de la muerte de José Fernando de Baviera, Luis XIV, como casi siempre, sería el primero en mover ficha y volver a tomar la iniciativa. Intensificó el monarca francés sus acciones diplomáticas a través de su embajador en Madrid, para intentar establecer vínculos más estrechos con los miembros del Consejo de Estado y el entorno más próximo a Carlos II, tratando de obtener una mayor influencia a la hora de que se tuvieran en cuenta las pretensiones francesas (de la Casa de Borbón) en la elaboración del nuevo testamento que, con toda seguridad, el monarca español debería redactar y firmar antes de fallecer. Además, para continuar con la estrategia mantenida desde la firma del Tratado de Ryswick, el rey francés impulsó un nuevo Tratado de Partición con Inglaterra y los Estados Generales de las Provincias Unidas de los Países Bajos. El nuevo rumbo que la deriva de los acontecimientos sobrevenidos había obligado a marcar iría así tomando forma. Continuará …….     [1] 20 de septiembre de 1697 [2] También para Francia [3] La famosa niña de cabellos rubios, personaje central del cuadro La Familia de Felipe IV, más conocido como Las Meninas, pintado en 1656 por Diego Velázquez. [4] Los territorios ocupados en Cataluña de Rosas, Bellver, Gerona, Barcelona y diversas villas, plazas fuertes y castellanías del Principado; así como el Ducado de Lorena y las fortalezas de Mons, Courtrai, Luxemburgo, Namur, Ypres, Friburgo, Breisach y Philippsburg. [5] El Delfín de Francia, el Archiduque Carlos de Austria y el Príncipe elector de Baviera (en la minoría de edad de su hijo) [6] Lo que congratula y mucho a los neerlandeses [7] En Madrid, por la intromisión que ello suponía en los asuntos de España; y en Viena, porque el Emperador aspiraba en ese momento a la herencia al completo.

Fallecimiento de la historiadora María Rosa de Madariaga

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Fallecimiento de la historiadora María Rosa de Madariaga El pasado 29 de junio falleció la historiadora y colaboradora de nuestra asociación María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida. Desde Historiadors de Catalunya lamentamos la sensible pérdida de nuestra compañera y queremos recordarla enlazando tres artículos con los que quiso colaborar con nuestra página y reproduciendo una hermosa carta de nuestro amigo Antonio Gallifa que compartimos todos los que la conocimos. Descansa en paz, María Rosa.
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Los mitos fundacionales y la manipulación de la historia (II)
López Obrador y la conquista de México
  Por Antonio Gallifa: ANTE EL FALLECIMIENTO DE LA HISTORIADORA MARÍA ROSA DE MADARIAGA                               Hola, María Rosa, mi amiga íntima e inolvidable. Eres tan irrepetible que escribir sobre ti es tan difícil  como hablar sobre ti. No importa que tu cuerpo haya dejado de vivir y que tus cenizas ya estén esparcidas por los parajes íntimos de esa Asturias tan tuya, que tu mente y tu nostalgia no abandonaban jamás. Y es tan difícil porque siempre sobrevivirás.                                                                           Igual que ocurre con la historia, sobrevivirán tus obras de historia, referidas siempre a nuestro país vecino, Marruecos, particularmente en su relación con España. Tu modestia me obliga a referirme a ellas como a ti te gustaría: modestamente, sin comentarios que las ensalcen: “Historia de Marruecos”, Los moros que trajo Franco”, “En el barranco del lobo (las guerras de Marruecos)”, “Abd el-Krim el Jatabi, (la lucha por la independencia)”, “Marruecos, ese gran desconocido (Breve historia del Protectorado español)”, etc. Tu sencillez y tu humildad, llevados al extremo, te impedían hablar en exceso de ti misma, salvo que fuese absolutamente necesario. Por ello, con tu permiso, lo haré yo en tu lugar. María Rosa de Madariaga, que fue sobrina del ministro de la II República, Salvador de Madariaga, nació en Madrid en el año 1937. Tras cursar el Bachillerato en el Liceo Francés de Madrid, en 1960 se graduó en Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid, donde se doctoró. En esa época desplegó múltiples actividades de oposición al régimen franquista, y en su vertiente literaria fue cofundadora de la editorial Ciencia Nueva. A partir de 1966 prosiguió sus estudios en la Universidad de La Sorbona, en París, bajo ja dirección del eminente historiador francés Pierre Vilar, lo que le permitió, en 1980, obtener el Diploma Superior de Lengua y Civilización Árabes, y en 1988 su tesis doctoral, también bajo la dirección de Pierre Vilar, sobre las relaciones entre España y el Rif. En todos esos años simultaneó su trabajo como historiadora con su actividad como funcionaria de la UNESCO. Una vez regresada a España formó parte, con quien suscribe estas líneas, del Consejo Editorial de CRÓNICA POPULAR, dirigida por el periodista Rodrigo Vázquez de Prada, un diario digital de cultura y de política de la llamada “Izquierda” cuando aún no había dejado de ser de izquierdas. La actividad intelectual y cultural de María Rosa no tenía fin. Su prestigio como historiadora era internacional, y recibía constantes solicitudes de entrevistas para periódicos, revistas y otros medios de comunicación de todo el mundo sobre hechos recientes o pasados que tuvieran relación con Marruecos y España. María Rosa nunca supo negar nada. Hay un rasgo de María Rosa al que me cuesta un gran dolor referirme, porque sólo recordar los hechos en los que se manifestaba me hace un gran daño. Por encima, muy por encima de todos su valores, que eran muchos, estaba su bondad. Su bondad hacia todo y hacia todos. Una bondad inagotable, infinita. Anormal, podría decirse. Nunca he conocido una persona tan buena, y eso la hace revivir y la perpetúa en todos los que la hemos conocido.  

LA PLACA Y EL CHANTAJISTA

La placa y el chantajista. En la antigua plaza Antonio López el ayuntamiento de Barcelona mediante la concejalía de Memoria Democrática ha puesto una placa que entre otras cosas afirma lo siguiente: “Debido a la connotación histórica negativa y nada ejemplar del personaje, en 2018, el ayuntamiento de Barcelona retiró el monumento retiró la estatua y el 26 de marzo de 2022 cambió el nombre de la plaza por el de Idrissa Diallo”. Aparte de los evidentes errores gramaticales, fruto sin duda del poco cuidado de quien escribió y revisó el escrito; la concejalía de Memoria Democrática ha escogido un texto de Francisco Bru publicado en 1885 para justificar el damnatio memoriae al que se está sometiendo a los López por parte del consistorio barcelonés Francisco Bru, cuñado de Antonio López y López, escribió a lo largo de su vida tres libelos en contra del marqués de Comillas: Fortunas improvisadas (1857), La Verdadera vida de Antonio López y López (1885) y El marqués de Comillas, su limosnero y su tío (1895). Los dos primeros le llevaron a la cárcel por injurias al no demostrar, como no lo demuestra en sus libros, los presuntos delitos cometidos por Antonio López. En el primero de ellos, las acusaciones contra su cuñado se limitaban a una supuesta malversación a la hora de gestionar la herencia familiar tras la muerte de su padre Andrés Bru. Andrés, socio y suegro de Antonio, nombró albacea testamentario a su yerno, creyéndole el más capaz para gestionar el complejo entramado societario tras su muerte. Los Bru, liderados por Francisco, el mediano de los hermanos, pleitearon contra Antonio López perdiendo todos los juicios y aceptando finalmente el reparto de los bienes obtenidos por la venta de los activos de Andrés Bru. Pese a la aceptación del reparto de la herencia ante los tribunales, Francisco se empecinó en una cruzada particular contra su cuñado, en parte agobiado por las deudas y en parte, envidioso por el éxito de un hombre que según él “ni poseía idiomas ni profundos conocimientos de cálculo, ni conocía el globo comercial, ni sabía una palabra de legislación mercantil ni tenía noción de ciencia económica, ni jamás supo estudiar las necesidades financieras de los mercados, ni comprender las causas de las fluctuaciones en estos de los valores.” Hombre que, pese a esas supuestas limitaciones, se había convertido en uno de los empresarios de más éxito y más influyentes de España. Francisco había nacido rico, con estudios universitarios y buena pluma, pero una nula visión para los negocios. Sus excentricidades y, entre otras cosas su ludopatía, le llevó al desastre del que intentó salvarse extorsionando a su cuñado primero, y a su sobrino Claudio después. Es su último libro, del que por cierto tampoco habla nada de la trata de esclavos, dice de sí mismo: “… y confieso, además, que sólo a mi nativa ligereza, a mi desinterés y a mis genialidades, se debe a que haya llegado a mis últimos años sin pan ni casa y sin más esperanzas de morir como un mendigo”. Finalmente, reconoce que: “Podré haber cometido mil calaveradas, habré podido gastar dinero irreflexivamente, ya sea por el poco apego que le tuve siempre…” En su segundo libro, acusa al marqués de Comillas de enriquecerse con la trata ilegal de esclavos en Santiago de Cuba. Acusaciones de las que no aporta pruebas y que le costaron la cárcel. Con un descaro poco corriente, en el libro introdujo un capítulo donde explica que intentó extorsionar a su sobrino Claudio pidiéndole una gran suma de dinero a cambio de no publicarlo. Como agravante, cabe indicar que Antonio había muerto dos años antes, cosa que no impidió que Francisco continuara intentando extorsionar a su familia política. El segundo marqués de Comillas ni se molestó en contestar a su tío. El libro se publicó, y tras una demanda por injurias, Francisco, “Pancho” para la familia, acabó con sus huesos en la cárcel por segunda vez. El texto que llevó a Francisco Bru Lassus a presidio es el que cita textualmente en su placa el actual Ayuntamiento de Barcelona para justificar el cambio de nombre de la plaza: “¿Qué os parece, españoles, esta indignidad? ¿Qué les parece a los barceloneses? Pueden estar muy ufanos de tener en una de sus plazas públicas la estatua de un chalán de carne humana, célebre por su vil crueldad en la isla de Cuba antes de serlo en la Península por sus millones y suntuosidades. Con razón podría llamarse a aquella plaza la plaza de los Negreros, porque será la rehabilitación monumental y la apoteosis radiante de todos los comerciantes de carne humana.” Antonio López y López, se fue de su Comillas natal a trabajar en una venta en Andalucía con 14 años. Viajó sólo y trabajó duramente para después hacer las Américas trasladándose a Cuba. Fue un empresario sin gran cultura, como le acusaba su cuñado, pero con un olfato para los negocios que hizo enriquecerse a los que se asociaron con él. Era trabajador hasta la extenuación, de memoria prodigiosa y con buena vista para rodearse de los mejores. Apostó por las nuevas tecnologías de su tiempo antes que nadie. El primer barco de hélice de España fue suyo, y la primera localidad con iluminación eléctrica de España fue Comillas y pagada por él. Jamás fue condenado por la justicia, por consiguiente, nunca le penaron por trata de esclavos. En las recientes investigaciones de Martin Rodrigo Alharilla (Un hombre mil negocios, Ariel, 2021), el autor afirma que Antonio López si estuvo implicado en la trata, pero tal y como analiza concienzudamente Eusebio Ruiz Martínez en una completa colección de artículos publicados en redes por Naucher, no existe ninguna prueba fehaciente que incrimine a Antonio López en la trata ilegal. https://www.naucher.com/la-falseada-vida-de-antonio-lopez-introduccion-esclavos-de-una-estupidez-colectiva/ https://www.naucher.com/las-falsas-pruebas-del-pasado-negrero-de-antonio-lopez/ https://www.naucher.com/el-empresario-antonio-lopez-1-antitesis-doctoral/ Así pues, cabe preguntarse si es legítimo que un ayuntamiento condene la memoria de un personaje histórico con citas que en su momento significaron la cárcel por injurias a su autor. Resultaria lógico plantearse si acusaciones y pruebas circunstanciales que no tuvieron recorrido en los tribunales de entonces y que hoy en día serían archivadas por falta de pruebas, son argumento suficiente para dilapidar la memoria de un ciudadano. Si en definitiva es democrático y respetuoso con la memoria que una administración pública condene sin juicio ni posibilidad de defenderse a un muerto, por muy empresario de éxito que fuera.